GERARDO LOMBARDERO
Cuando nos hablan de la superstición asturiana, tendemos a retroceder más siglos de los que debiéramos. Y es que, en realidad, fue a lo largo del siglo XVII el momento álgido de creencias y paganismos que de alguna manera aún subsisten. Esta Asturias que ya había entrado en la Edad Moderna no olvidaba ni olvida ahora a sus ancestrales deidades mitológicas, que actualmente han pasado al papel y al lugar que les corresponde, cosa que no ocurría por aquel entonces. A lo largo de este siglo, la falta de instrucción en la población asturiana y la escasez de la cultura de la época dieron como fruto el florecimiento de toda clase de supersticiones y delitos comunes. La ignorancia ancestral, el atraso y el analfabetismo, que eran, por así decirlo, de dominio público, propiciaron exageradamente la proliferación de encantadores, hechiceros, curanderos y otros farsantes, que visitaban pequeñas aldeas, villorrios y a las clases más bajas de las urbes mientras los bandoleros y los malhechores de todo tipo hacían de nuestros caminos lugares de inseguridad y de peligro.
Todo este estado de cosas no significaba más que una corriente de paganismo, se solapaba bajo el sencillo sentimiento religioso de los astures. Creencias tan cotidianas como el poder de los espíritus malignos, el maleficio de las brujas y hechiceros y, por tanto, en sus prácticas mágicas, así como la persistencia en el subconsciente de las figuras mitológicas ( «diaños», «xanas», «cuélebres»?), habitaban el quehacer diario de los más rústicos pobladores de nuestra tierra. Bástenos saber que, al iniciarse la explotación del carbón de piedra, había la seguridad de que en el interior de éstas existía un ente conocido como «el demonio de las minas», que arrastraba inopinadamente a los hombres hasta hacerlos desaparecer en las profundidades más inaccesibles.
Una nueva figura vino a añadirse para más confusión a lo ya existente, se trata de una variante de los santeros conocidos como los saludadores. Estos embaucadores recorrían los pueblos en busca de enfermos reales o imaginarios, a los que ofrecían una cura sencilla a cambio de un modesto peculio. Como es lógico, ni había cura en caso de estar enfermo, ni tampoco volvía a recuperarse lo pagado si el sortilegio no hacía el efecto deseado. El método era sencillo, barato y tan peregrino como el de tratar las enfermedades de personas y animales con el simple saludo, la mirada, la propia saliva o vendiéndoles, además, inútiles amuletos y contrahechizos para prevenirlos en el futuro. Así que se les conocía como saludadores precisamente por eso, porque se les atribuían curaciones sin hacer más que saludar o echar el aliento. La creencia popular aseguraba que eran fácilmente reconocibles, y que solían tener una cruz bajo la lengua al haber nacido en Viernes Santo, e, incluso, llevar en el cielo de la boca la imagen de la rueda de Santa Catalina, cualidades mágicas que les permitían coger un hierro candente sin abrasarse la mano y pisar carbones en ascuas sin quemarse los pies. Fue tal el confusionismo que crearon que en 1781 en las «Ordenanzas Generales del Principado» se prevenía a los jueces para que los persiguiesen como malos cristianos y ociosos, y, por tanto, una vez detenidos, se les obligara a asistir a la misa del pueblo los días festivos aherrojados con grillos.
Las cosas debieron llegar a extremos insospechados, ya que en el mismo año la Audiencia de Oviedo prohibía expresamente que los hernistas y los capadores ejecutaran operaciones de castración en niños como venían haciendo. Incluso, el obispo Pisador condenaba a la excomunión a todos los hechiceros y agoreros, astrólogos judiciarios y adivinos, sortílegos encantadores, curanderos con ensalmos o santiguos y otras clases de farsantes, así como a los presbíteros que hiciesen oficio al meterse a conjuradores de energúmenos o que fingieran serlo, como también curar lombrices u otros males o accidentes.
Las energúmenas de Cangas de Tineo. En esta localidad, existía entonces un convento regido por las dominicas recoletas de la Encarnación, que protagonizaron sucesos que tuvieron finalmente relevancia nacional por su carácter insólito. En 1698 el rey Carlos II padecía frecuentes episodios de convulsiones, seguidos de estados de gran postración que amenazaban seriamente su salud. Tan frecuentes eran y de tal intensidad que las crónicas de la época relatan que parecía, a pesar de ser un joven, un anciano de más de 70 años. Siguiendo la medicina milagrera, se achacaron sus males a ciertos espíritus malignos que lo asediaban y poseían, para lo cual el único remedio conocido, y que se dispusieron a aplicarle, fue el correspondiente exorcismo que se suponía lo libraría del hechizamiento que lo esclavizaba.
La idea había partido del inquisidor general y del propio confesor del rey, Fray Froilán Díaz, quien le manifestó al primero conocer un religioso dominico compañero suyo que ejercía como confesor y vicario en dicho monasterio asturiano. Fray Antonio Álvarez de Argüelles, que así se llamaba el religioso, le había convencido de que mantenía comunicación con el demonio por medio de dos o tres religiosas dominicas del citado lugar, que, una vez conjuradas por él, entraban en un trance mediante el cual hacían en este estado grandes revelaciones y, por tanto, podría conocer así el origen del mal que aquejaba al monarca. El entonces obispo de Oviedo, Fray Tomás Reluz, fue consultado sobre esta posibilidad, a la que se opuso tenazmente, manifestándoles que el estado del monarca se debía a una debilidad congénita del corazón y a una excesiva entrega a sus débitos conyugales en el tálamo nupcial.
A pesar de esta opinión y dictamen, el inquisidor general escribió al de Cangas de Tineo, ordenándole que llevara al efecto el correspondiente interrogatorio para saber la verdad sobre la enfermedad del rey. Como procedimiento le ordenó que escribiese el nombre de la reina y del propio monarca en una cédula, que debía ser colocada en el pecho de la monja poseída por el espíritu maligno, pudiendo así preguntarle al demonio si alguno de los nombres que ella portaba padecía el maleficio. Puestas las manos de la infeliz religiosa -queremos suponer- sobre un ara consagrada, juró el diablo a Dios que era verdad que el rey estaba hechizado y que el hechizo correspondiente se le había administrado a los 14 años por medio de un bebedizo. Puede darse por supuesto que el interrogatorio que siguió a esta revelación debió ser propio del surrealismo más delirante. Como era de esperar, a Fray Froilán se le abrió un expediente y proceso criminal, en el que consta que el diablo había asegurado que el encantamiento se le administró al rey en un chocolate y que estaba confeccionado a partir de los miembros de un hombre ajusticiado, de los sesos de la cabeza para privarle de la salud, de los riñones para perjudicarle el semen e impedir así que tuviera descendencia. Incluso, el demonio añadió que la persona que se lo había suministrado ya estaba juzgada, aludiendo así a Ana María de Austria, madre del rey, que pretendía con este método la ocupación del trono.
Llega la superstición al extremo de sugerir el propio diablo el remedio necesario para evitar el conjuro del monarca: darle aceite bendito en ayunas, ungirle el cuerpo y la cabeza con el mismo aceite y, lo más importante, apartar al rey de la reina de forma inmediata y continuada. El resultado final pertenece con todo derecho a la historia, los conjuros y los anatemas que siguieron al tratamiento lo llenaron de pavor y el infeliz y desgraciado monarca entró en un estado de locura, cuyo resultado final fue lógicamente la muerte. Hechos similares y llenos de disparates ocurrían por entonces en toda Europa. Lo prueba la coincidencia de que diablos alemanes ratificaron las afirmaciones de sus colegas españoles cuando el obispo de Viena, que estaba exorcizando a unos energúmenos en la iglesia de Santa Sofía, corroboró que habían asegurado que el rey español era víctima de este maleficio. Como puede suponerse, el proceso contra Fray Froilán fue archivado, aunque en él constan los detalles más relevantes de este suceso mágico o diabólico, como ustedes quieran llamarlo.
Las flores de San Luis del Monte. En la villa de Cangas del Narcea todos los años mientras se celebraban oficios religiosos el día de este santo brotaban en las paredes interiores de la ermita numerosas flores de pequeño tamaño y color blanco, de modo aparentemente milagroso. Tal hecho inexplicable trajo como consecuencia la afluencia masiva de romeros y de devotos en tan señalada jornada. Tuvo que ser alguien con más luces, el Padre Feijoo, quien halló la explicación natural de tal portento, que no fue otra que tal maravilloso florecer se debía exclusivamente a «huevecillos de insectos que existen abundantemente en todo tiempo y lugar, tan pequeños que no se disciernen» y que al encontrarse en óptima temperatura debido a la aglomeración humana maduraban al instante, proceso que aceleraba, según indicaba el religioso, con la humedad y con el aliento de tantos fieles reunidos. Y lo único aparentemente mágico de todo ello era que lo que antes parecía invisible se ofrecía en pocos minutos a la vista de los presentes, para maravilla de propios y extraños. Éstos y otros sucesos eran frecuentes por aquel tiempo del siglo XVII según las actas de la época y han sido corroborados por estudios fehacientes del magistrado de la Real Audiencia de Oviedo Francisco Tuero Bertrand, entre otros. Yo, por mi parte, termino estas líneas en mi casa a las orillas del Narcea y, desde la ventana, veo que por el camino que lleva hasta ella se acerca taimado un saludador, así que escojo uno de mis bastones más recios y salgo dispuesto a darle la bienvenida que se merece sin más demora.