ALICIA ÁLVAREZ
Puede que fuera él, o tal vez no, pero es que ocurrió justo el mismo día que detuvieron al presunto pedófilo sacando fotos con el móvil a varios niños en la playa de San Lorenzo. Fue justo el mismo día, digo, cuando mientras fumaba un cigarrillo en el portal del edifico donde trabajo, un hombre en los Jardines del Náutico llamó poderosamente mi atención. Y no es que tuviera cara de sospechoso, que algunos la tienen, ni que su actitud me hiciese reconocer un comportamiento extraño. Más bien parecía el típico turista que, ataviado únicamente con el bañador y un bolso bandolera cruzando su torso, se afanaba en retratar con su teléfono lo que, siguiendo el enfoque del dispositivo, calculé era la Escalerona.
Hasta ahí, nada fuera de lo normal si no fuera porque el hombre en cuestión estaba buscando el encuadre justo sobre la hierba que adorna el contorno de la plaza. Estaba justo sobre la hierba y además descalzo, lo que le hizo pisar -por lo que intuí al ver su reacción corporal- un excremento de perro. Y aquí viene el punto donde su comportamiento empezó a resultarme raro. Porque el supuesto turista simplemente levantó su pie y, apresurado, siguió sacando fotografías como si no hubiera pasado nada al tiempo que limpiaba sutilmente su extremidad sobre la propia hierba.
En fin, que puede que fuera él o puede que aquel hombre no tuviera demasiados escrúpulos con las defecaciones caninas, el caso es que al leer más tarde la noticia pensé que quizá yo había sido testigo involuntario de su disimulo ante la mujer que le perseguía para alertar más tarde a la Policía.
La cuestión es que, hecha esta primera relación de ideas al leer la noticia que daba cuenta del suceso, no pude evitar pensar en esos hombres entrados en años que, apoltronados tras la barandilla de San Lorenzo y escondidos tras unas buenas gafas de sol con lentes de espejo, se dedican a otear no el horizonte, sino a las mujeres jóvenes y no tan jóvenes que disfrutan del día playero en bikini. Una estampa habitual en la que nos hemos visto implicadas más de una generación de bañistas femeninas.
Prueba de ello son no sólo esa especie de túnicas sin mangas con las que las señoras aún hoy se cambian de bañador en la playa, sino los huecos vacíos en la arena que se forman justo debajo de la citada barandilla.
Y aunque evidentemente no estamos hablando de lo mismo, ni las dos situaciones se pueden equiparar (sería una irresponsabilidad), no deja de resultarme llamativo que la actitud de esos ojeadores agazapados tras las lentes de sus anteojos solares no sea censurada por los ciudadanos, más allá de los improperios que una se ve obligada a emitir cuando siente que su anatomía está siendo escudriñada. Supongo que será porque aún hay mucha gente que no ve en estas situaciones nada fuera de lo normal.