TONI SILVA
Hasta el propio alcalde de Ribadesella parece reconocer entre líneas que las obras realizadas en la calle Comercio dejan bastante que desear. Efectivamente, lo que se acaba de hacer en esta calle es un a especie de despropósito. Ya he escrito aquí que la peatonalización de las bocacalles Magdalena y Santa Marina me parece adecuada, pero la extraña «semipeatonalización» de la calle Comercio no ha servido para mejorar ni el aspecto estético ni la funcionalidad de esta importante arteria de la villa riosellana. Las autoridades locales, dispuestas a defender el gasto realizado a cargo de los «fondos ZP», sostienen que las disfuncionalidades obvias de esta calle se arreglarán solas cuando se cree un gran aparcamiento alternativo y esta vía pueda ser peatonal, pero yo creo que ese día está más allá de lo que les queda de legislatura a estos mandatarios, que no acaban de encarrilar la solución al aparcamiento de la villa ni siquiera de forma provisional. Este mismo verano, sin ir más lejos, han cosechado un significativo fracaso tras anunciar a la prensa la apertura de un «parking» en Palacio Valdés que al final se ha quedado en nada, aunque ahora dicen que estará listo para el próximo verano. Veremos.
Pienso que aunque llegaran a habilitar un aparcamiento mágico que solucionara el mayor problema de la villa, la calle Comercio no debería cerrarse al tráfico, ya que, como su nombre indica, es y debe seguir siendo una calle de naturaleza comercial que requiere facilidades para el abastecimiento, la carga y el acarreo de mercancías. Guste o no a las autoridades y a los talibanes del peatonalismo a ultranza, el automóvil y los vehículos de reparto necesitan unos espacios y no podemos suprimirlos alegremente, al menos si antes no se ofrece una alternativa (realista) que no dañe más al sufrido comercio local, que sobrenada a duras penas en un mar de crisis y competencia feroz.
Decía antes que lo hecho en la calle Comercio no mejora el estado anterior ni en lo estético ni en lo funcional. En la parte funcional, los fallos son evidentes para los conductores, que han visto reducirse las plazas de aparcamiento (a pesar de que los mandatarios llegaran a asegurar que no se perderían plazas y que incluso se aumentarían) y que sufren en cada movimiento la estrechez de los espacios de tránsito y aparcamiento en batería, tan exiguos. Y los fallos son también clamorosos para los peatones, que ahora tienen más dificultades que antes para transitar por unas aceras que en una orilla están flanqueadas por unos peligrosos hierros puntiagudos y en la otra están marcadas por un pegote traidor («semisumergido», como las defensas de las playas de Normandía) que ha ocasionado ya infinidad de sustos, tropezones y caídas. En la parte estética tampoco se ha mejorado claramente lo anterior, ya que si en principio parecía una bonita idea lo de quitar las aceras y embaldosar toda la calle al mismo nivel, la acumulación de trastos a última hora (la interminable hilera de los dichosos pinchos y el diabólico bordillo «semisumergido») ha acabado por estropear la perspectiva de esta calle y provocar justo el efecto contrario de una calle amplia, cómoda y diáfana.
En mi opinión, que es completamente libre porque ni estos mandatarios ni ZP me dan de comer, la obra de la calle Comercio ha sido un ejemplo de un gasto público innecesario, precipitado e irreflexivo, y de un arreglo difícil y seguramente más caro que la propia obra. Me temo que ha sido, como oigo decir frecuentemente, poco menos que «gastar por gastar» unos fondos improvisados de ZP que -en los peores casos, no en todos- han sido pan para ayer (al menos para las contratas y subcontratas) y hambre para hoy, pues ni el paro ni la crisis se han solucionado con esos fondos «providenciales». Y ahora nos queda pagar la factura a todos con la subida de impuestos que se prepara para el otoño. Para ese viaje me parece que no necesitábamos alforjas.