LUIS M. ALONSO
La exageración se produce cuando se traspasan los límites de lo razonable, cosa que sucede con más frecuencia de lo deseado, al menos, entre los españoles. No se trata solamente de un fenómeno andaluz, y eso que los andaluces tienen como ejemplo de guarra a la tía Filomena que se lava los dientes con la escobilla del váter o, al referirse a un viejo y poner en solfa sus años, lo equiparan al clavo de un almanaque. En Andalucía, la gracia reside muchas veces en la exageración extrema y en el acierto que tienen para traducirla en las cosas más diversas. Pero la exageración es un despropósito en manos de los políticos, sobremanera cuando después de practicarla reniegan de ella y se dedican a mirar para otro lado como si la cosa no fuera con ellos.
La ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, ha dicho ahora, después de tropecientos anuncios inquietantes y alarmistas, que se está exagerando «un poco» con esto de la gripe A, que empezó llamándose porcina, lo cual es un ejemplo de cómo se querían plantear las cosas. El estado de excitación en torno a este asunto, que al Gobierno da la impresión se le ido de las manos, existe desde el principio y ha seguido hasta anteayer. De hecho, la ministra que ahora dice que se está exagerando fue la primera en este país en sugerirle a la gente que no se diese la mano y mucho menos se besase. Cabe preguntarle, por tanto, a doña Trini qué quiere decir con eso de que se está exagerando «un poco» en este enojoso asunto de la epidemia.
Es posible que el Gobierno, una vez encauzado el negocio de las vacunas de los laboratorios, quiera amortiguar el peso de la alarma apagando las numerosas alertas rojas que se han ido encendiendo, por si la responsabilidad de una mala gestión sanitaria acaba finalmente perjudicándole. Es posible también, aunque no tan probable, que esta salida de pata de banco se deba exclusivamente a esa capacidad innata de los ministros para alimentar el acervo de la estupidez nacional. Caben dos.