JOSÉ ANTONIO SAMANIEGO
Nuestros hijos nos presionan. «¿Cómo puedes decir eso, papá?... Y en todo caso, no se puede decir como tú lo dices»? No soportan otro lenguaje que el políticamente correcto. Tampoco reconocen que han sido educados en el buenismo, puesto que para ellos el mundo empezó con su propio nacimiento y siempre ha sido tal cual ellos lo han conocido hasta ahora. El buenismo es una teoría según la cual todo el mundo es bueno, todos somos inocentes y las conductas extravagantes o fuera del uso común, incluidas las pulsiones que llevan a todo tipo de delitos que no quiero nombrar, han de explicarse por un gen, una enfermedad, tal vez la pobreza o la desgracia de una deficiente educación en familia desestructurada. Todos tenemos muchos más derechos que obligaciones. No se nos cae de la boca la palabra compasiva «pobrecitos» y la decimos muchas veces al día, por la calle, en las conversaciones con los amigos y ante las desgracias que la tele va desgranando a todas horas. Nuestros hijos piensan además que los jóvenes del universo sienten lo mismo que ellos.
Así que les pongo el ejemplo de la portada de la famosa trilogía «Millennium», de Stieg Larsson, lectura de muchas páginas que tantos hemos ido desgranando durante los últimos meses. La edición inglesa se presenta de manera muy distinta a la castellana. En castellano tenemos «Los hombres que no amaban a las mujeres», «La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina» y «La reina en el palacio de las corrientes de aire». En la edición inglesa el primer tomo se titula «La chica tatuada con un dragón», «La chica que jugaba con fuego» y «La chica que pateó el nido de avispas». En sueco suena literalmente «Los hombres que odian a las mujeres», «La chica que juega con fuego» y «El castillo en el aire que se derrumbó».
Si pensamos en los títulos españoles, vemos que no es lo mismo odiar que no amar y tampoco es igual el presente que el pasado. Eso de «Los hombres que no amaban a las mujeres» suena más suave, pero al mismo tiempo da a entender que sufren a lo largo de la novela el castigo que merecen. En cuanto a «Jugar con fuego», expresión castellana que alude a conductas peligrosas por ambiguas, ha sido sustituida por algo más rotundo, brutal y directo. En cuanto a «La reina en el palacio de las corrientes de aire», es un título enigmático, que el lector no llega a identificar a lo largo del relato. El título sueco resulta explícito.
Pero en las imágenes hay todavía mayor diferencia. La protagonista de las portadas inglesas es una chica hermosa, con aire de Venus moderna. Desnuda de espaldas, con rostro de perfil y cuello libre, a la manera de las bañistas de Dominique Ingres. Sin embargo, los dibujos de Gino Rubert para la editorial Destino muestran a Tamara Villoslada como una muñeca asocial y anoréxica, exagerando su delgadez en las rodillas articuladas. Su cuerpo es de madera blanca lacada, maniquí de IKEA. El vestido rojo sangre. Da mucha pena, especialmente cuando se peina un cabello que le llega por debajo de las rodillas, como si fuera su único atractivo físico.
En resumen, la edición española, en títulos e imágenes, retrata la juventud actual española y describe sus sentimientos. Los lectores ya van predispuestos a ponerse de parte de una chica que ha sufrido grandes heridas emocionales en una infancia brutal. Son nuestros jóvenes muy críticos con el tráfico de mujeres, las mafias internacionales, los personajes respetables en público y pervertidos en privado, los políticos que se forran, los paraísos fiscales y la injusticia mundial de la pobreza.
Pero da la impresión de que se mueven por estereotipos publicitarios, saben poco de las razones y los procesos que conducen a estos resultados indeseables. Es más fácil identificarse con un tatuaje o un piercing que comprender el funcionamiento de los paraísos fiscales, más fácil sentirse justiciero universal de andar por casa que dar el callo para que el mundo cambie. Tampoco nosotros les educamos para tan ardua tarea, sino para ser carne de cañón de la publicidad y vivir arropados en el rebaño.