JESÚS DEL CAMPO
Un ejército de abejas atacó a un hombre en Bolivia. Por respeto a la víctima -murió de un paro cardiaco- no es prudente entrar en detalles, pero lo cierto es que el ataque se produjo mientras estaba orinando en la calle. Estarán ustedes de acuerdo en que se entiende el desenlace: hay sustos de muerte, literalmente. La calle es peligrosa, es un signo visible de los desgastes de la vida, un trasunto del mundo, que es enemigo del alma según el catecismo. Demodé como está, Sartre no andaba descaminado al decir «l'enfer c'est les autres». Y las abejas han sido parte del sartriano los otros en una calle boliviana, y causado la muerte de un hombre en completo estado de indefensión. En Alemania, en cambio, hay noticias de longevidad. Un perro ha cumplido veinticinco años, equivalentes a ciento setenta y cinco en un ser humano. Equivalentes e inimaginables: un hombre nacido en 1834 en España, por ejemplo, habría tenido que soportar los milagros de la corte isabelina, la depresión colectiva del 98 y, por dejarlo ahí, habría apagado cien velitas durante la Revolución de octubre del 34, ya en pleno siglo veinte cambalache. El siglo veintiuno necesita un tango que, a día de hoy, lo tendría crudo para ser clemente. Pero en Argentina no están para músicas; la albiceleste ha perdido contra Brasil y eso son palabras mayores. Es duro el oficio de talismán, y Maradona vive horas bajas. Cuanto más problemas afligen a una sociedad, más aguda se vuelve la acupuntura de un gol sobre una piel ya dolorida. Y Argentina tiene cicatrices, y perder contra un vecino y rival histórico escuece mucho. No se le puede negar al Pelusa el esfuerzo por defender los colores de su país; lloraba inconteniblemente tras perder la final de Italia 90 contra los alemanes. Sabía que no era sólo que millones de compatriotas lo esperaran todo de él; se trataba además de una carrera personal ante, por y contra la gloria. Cuatro años más tarde, en el Mundial del 94, se detectó que un jugador de la selección argentina había tomado estimulantes. Recuerdo el tono angustiado de una periodista preguntando ¿Es Maradona ese jugador?
Y tampoco en Bélgica estarán de humor. Ya se dijo hace tiempo que la selección de fútbol es uno de los pilares que vertebran a un país dividido en dos comunidades que no se llevan bien. El que se lleva bien consigo mismo es Michael Moore, que posa en Venecia con colores de abeja no asesina (menos mal). Esa camisa amarilla es una falta de respeto a la virtud de la superstición y a la memoria de Molière; desde la muerte del dramaturgo francés es el amarillo señal de mal fario escénico. Y Berlusconi dice estar orgulloso de no tener nada de lo que arrepentirse. Desde luego, qué semana ésta. No da uno abasto.