ALEJANDRO ORTEA
El Papa echó un discurso el domingo pasado en Bagnoregio, junto a Viterbo en el Lacio italiano, tras haber orado unos instantes ante la reliquia del brazo de San Buenaventura en la concatedral del lugar. Por su lado, el mismo día, nuestro presidente del Gobierno echó otro discurso en la campa de Rodiezmo, en la leonesa Villamanín, junto al límite con Asturias. Ambos contaron en sus parlamentos vagas cosas en general alrededor de sus conocidas doctrinas, ambos llegaron al lugar de las celebraciones, acompañados de sus séquitos, en helicóptero: el de Ratzinger lucía en su fuselaje una banderita amarilla y blanca; la aeronave de Zapatero llevaba estampada una amarilla y roja.
Naturalmente, los medios de comunicación de mi pueblo y alrededores hablaron más, probablemente por cercanía, de lo acaecido en el valle de la Tercia que de los acontecimientos junto al lago Bolsena. Es lo que suele pasar con los acontecimientos locales, por más que sus protagonistas principales sean personas preeminentes de gran calado. Pero en el pueblo, los acontecimientos locales de otros lugares no modificaron las rutinas propias de un domingo tardo estival, liberado por fin de los grandes ruidos de agosto, sólo los soportables de cuatro músicos callejeros y de la insoslayable infancia: hasta los provocados por el etilismo nocturno estuvieron moderados y aplacados.
Tamaño acercamiento al imposible sosiego provoca que hasta seamos capaces de recuperar, por unas horas, la creencia en la beatitud cantábrica: hasta los beneficios del convenio de la construcción contribuyeron prolongando al lunes la quietud, aminorando, gracias al reglamentario puente, el acarreo en los pesados camiones de los diversos materiales propios de la actividad, ni obras muselinas, ni polígonos ni molinones o iglesionas. Y aún queda más, porque hoy toca Santina religiosa en Covadonga y santina civil en Cudillero. Mañana será otro día y el Facebook se llenará de amicales reflexiones sobre el cansancio que provoca el asueto, la dureza de la vuelta al trabajo y las angustias y fatigas que en el ánimo provocan estas viles circunstancias.
De momento, no hay lugar para pamplinas siniestras o afanes rutinarios, toca atravesar la jornada, y esperar a que con el ocaso nos entre la curiosidad por lo que nos pueda traer el otoño. Un señor decía el otro día en la radio que, desde hace años y por estas fechas, todos nos apresurábamos a vaticinarlo entre caliente o muy caliente -no precisamente en lo climático- y que, a pesar de ello, siempre lo superábamos y, mal que bien, entrábamos en cada invierno tan campantes, como siempre. Tenía el hombre razón: este tertuliano de las ondas, como dicen sus hagiógrafos del «serafico dottore» Buenaventura de Bagnoregio, franciscano y cardenal medieval, sabía distinguir muy bien lo esencial de lo circunstancial o accesorio. Circunstancial es a quién ponga Ratzinger como ordinario diocesano en Carbayonia o que Zapatero promueva otro plan del carbón para las Cuencas; pero una manifestación de lo fundamental probablemente sea que ambos lleguen a los sitios en helicóptero con banderita donde luce el amarillo.