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La asignatura pendiente

n Los cambios en la enseñanza de poco servirán si no se integran los contenidos que quitó la LOGSE

 
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La asignatura pendiente
La asignatura pendiente  

ELENA SARRIÓN FERNÁNDEZ-DIESTRO «Con timbre sonoro y hueco/ truena el maestro, un anciano/ mal vestido, enjuto y seco,/ que lleva un libro en la mano.// Y todo un coro infantil/ va cantando la lección: "mil veces ciento, cien mil;/ mil veces mil, un millón".»

(Antonio Machado, «Recuerdo infantil»)

Siempre que releo el poema de Antonio Machado no puedo evitar acordarme de la vieja escuela de Alles, un edificio de dos pisos con tan sólo dos aulas entre las que nos repartíamos todos los niños de los distintos cursos. Los libros de la escuela estaban en un armario al fondo y, a pesar de que no había muchos, fue allí donde descubrí historias inolvidables como «El Cantar del Mio Cid» o «Gilgamesh», y el recuerdo de sus aventuras convive con el eco de otros versos de Machado resonando en el aula: «A un olmo seco, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido...". No teníamos muchos recursos, para qué negarlo: los libros de texto, que aún no tenían fecha de caducidad, pasaban de unos hermanos a otros, internet era algo desconocido y los ordenadores, que pocos usábamos, apenas tenían disco duro. Y, sin embargo, ¡cuánto aprendíamos!

En el Instituto de Potes, bastante más grande que la escuela del pueblo, las cosas mejoraron: teníamos laboratorio (aunque nunca supe muy bien para qué), una biblioteca más amplia (donde descubrí a Baroja, Cadalso, ¡Quevedo!, Calderón y algunos otros) y empezaron a darnos unas rudimentarias clases de informática, aunque algunos sabíamos más que la pobre profesora a la que le tocó darnos esa asignatura. El uso de los ordenadores, sin embargo, estaba muy lejos de ser generalizado e internet aún tardaría bastantes años en llegar a los hogares de la gente; pero nos bastaban los libros, las explicaciones de los profesores y el trabajo diario para seguir aprendiendo.

¡Cuánto ha cambiado todo desde entonces! Ahora internet te pone el mundo al alcance de la mano, el ordenador se puede usar para casi todo y estos días las noticias nos muestran el despliegue tecnológico que se está haciendo en los colegios de toda España: cada niño tendrá un portátil en clase y el profesor una pizarra digital. ¡Cuántos avances desde aquel cartelón con el dibujo de Caín y Abel que pintaba Machado, cuántas mejoras desde aquellos años en los que la informática era sólo una promesa y cuántas más posibilidades de aprender y de llegar más lejos que nosotros! Cuando pienso en cómo han mejorado las cosas en tan pocos años, en todos los avances y cuánto facilitan éstos la investigación, el estudio, la búsqueda de información, etcétera, no puedo evitar sentir un poco de envidia, consciente de que las nuevas generaciones pueden formarse mucho mejor que la nuestra. ¿Por qué, entonces, los chavales cada vez saben menos? ¿Será que a la educación le pasa lo que al AVE asturiano y tiene grandes máquinas pero unas vías del siglo XIX que le impiden explotar su potencial? Más años de educación obligatoria, más herramientas, más posibilidades... y muchos menos contenidos que hace sólo veinte años.

Todo cambia, sí, y a los chavales de ahora les resultará tan ajeno aquel mundo sin portátiles y sin internet en el que crecí, como a mí la imagen de los niños coreando la lección que pintaba Machado: «mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón». Sin embargo, de poco servirán todos esos cambios y todo el gasto que se está haciendo si no se devuelven ampliados a los currículos académicos los contenidos que la LOGSE les quitó: la tecnología es sólo una herramienta, en este caso, para transmitir conocimientos; pero si fallan éstos, de nada servirá todo lo demás. Y ésa es una lección que a estas alturas los gobiernos ya deberían haber aprendido.

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