MATÍAS VALLÉS
Entrevisté a María Jiménez, así de duro es el trabajo de periodista. Finalizada la conversación en el hotel Palas Atenea, se me acerca solícito su mánager, me agarra del brazo y me dice, «olvida lo que te ha dicho y escribe lo que quieras, ya sabes cómo va esto». Es la mejor lección de periodismo que he recibido y, si hubiera tenido la desgracia de entrevistar a Penélope Cruz, estoy seguro de que su agente me hubiera consolado del trance con las mismas palabras. Dada la propensión de los artistas a fabular, es preferible que sus ficciones las reconstruya un profesional.
De ahí mi perplejidad ante el escándalo montado por una falsa entrevista con la actriz, publicada a toda portada por la revista «Psychologies». El texto pone en labios de Penélope Cruz la autodefinición «soy obsesiva, tímida e insegura». Sus abogados descalifican la atribución con el argumento irrefutable de que la musa de Almodóvar jamás ha pronunciado la palabra «obsesiva» y mucho menos en inglés, aunque recuerda que una vez le sirvieron ese vegetal en la ensalada de un restaurante de Los Ángeles.
Dado que las declaraciones auténticas de Penélope Cruz carecen del mínimo interés, por qué no inventarlas. Esa imaginativa tarea ofrecería al periodista la sensación de verse embarcado en una tarea intelectual, a diferencia de la decepcionante experiencia de enfrentarse a la actriz monosilábica. «Psychologies» incluyó entre sus respuestas el clásico «quiero tener hijos, pero no ahora», inevitable en las entrevistas de la prensa del corazón, a la que pertenece irremediablemente la racial intérprete.
Enrique Vila-Matas o Francisco Umbral han confesado que redactaron entrevistas no realizadas, una actividad que forjó seguramente su gloria literaria y mejoró el concepto social de sus retratados. La preocupación de Penélope Cruz por la falsa entrevista debiera extenderse a la no menos ficticia campaña promocional de «Los abrazos rotos» en el Reino Unido. Ante la imposibilidad de vender la película por sus méritos, Almodóvar y la actriz han prodigado en dominicales como «The Sunday Times» o «The Observer» un imaginario juego sobre el erotismo latente entre ambos. En fin, me avisan de que Nuria Bermúdez acusa a una página web de inventarse unas declaraciones suyas, y advierto que he vuelto a equivocarme de personaje.