CEFERINO MENÉNDEZ
Esa casi inagotable fuente de citas que fue Winston Churchill dijo en una ocasión que «la alternancia fecunda el suelo de la democracia». Dejando a un lado la carga sarcástica que se podría atribuir a la frase teniendo en cuenta que sir Winston fue un ilustre tránsfuga que no tuvo inconveniente en pasar del Partido Conservador al Liberal, y viceversa -haciendo, eso sí, gala de su sentido teatral al simbolizar su primer «cambio de chaqueta» cruzando en plena sesión parlamentaria el pasillo que separa en la Cámara de los Comunes las bancadas de cada grupo-, lo cierto es que su afirmación no puede ser más cierta. Es más, hasta podría remacharse añadiendo que la posibilidad de alternancia, su verosimilitud, su probabilidad constituyen la esencia misma del régimen democrático.
Una situación política en la que la alternancia sea vista por los ciudadanos como poco menos que imposible es, por tanto, una situación insana e indeseable por definición.
Pues bien, es lo cierto que esa alternancia no ha tenido lugar en nuestra política autonómica más que en una ocasión, en condiciones difícilmente repetibles, y en nuestra política local, nunca.
La percepción que una mayoría de los asturianos tiene es que la lucha por el poder regional se está sustanciando en estos momentos dentro del PSOE -y a ella no será a buen seguro ajena la reciente polémica sobre los sobrecostes de El Musel-, lo que supone tanto como descartar la posibilidad de que el próximo Gobierno regional pueda llegar de la mano de una mayoría liderada por el PP, instalado desde hace tiempo en un «impasse» que bien podría definirse con el título de la afamada obra del teatro del absurdo debida a Samuel Beckett «Esperando a Godot».
Con un liderazgo orgánico en principio autoexcluido como cartel electoral y unos cuadros entre los que ni de lejos se vislumbra un posible candidato, los dirigentes, militantes y votantes del PP siguen a menos de dos años para las elecciones esperando a Godot.
Muchas son las interpretaciones que se han venido haciendo sobre qué o a quién, en la obra de Beckett, significa o representa Godot. Pero de lo que no cabe duda es de que, al final, al menos en la obra, Godot no acaba nunca de llegar.
Mientras tanto, esta situación regional, con tantas claves potenciales para la propia situación local, ha llevado al PP gijonés a optar por una actitud muy similar, aunque más prosaica, a saber, la de don Tancredo, que, como es sabido, fue un personaje que a finales del XIX introdujo en la fiesta nacional una suerte consistente en esperar al toro subido en un pedestal, vestido de blanco y completamente inmóvil, en la confianza de que esa inmovilidad llevara al astado a ignorarlo, pasando de largo.
No estará de más recordar que, según cuenta la leyenda, el autor de la suerte habría muerto a consecuencia de un golpe en la cabeza con una bacinilla arrojada por un espectador. Y es que, tanto en la fiesta de los toros como en la política, el público exige a los protagonistas mucho más que sobrevivir a fuerza de pasar desapercibidos.