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Pijoborrocas

n Lo ocurrido en Pozuelo es el fiel reflejo de una realidad sociológica que no pinta nada bien

 
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ESTHER ESTEBAN Pozuelo de Alarcón, esa ciudad dormitorio de gente pija, el pueblo que presume de tener la mayor renta per cápita de España, ha sido tristemente noticia por lo que algún periódico ha definido acertadamente como la brutal actuación de los «pijoborrokas». Niños bien que, botella en mano y puestos de alcohol hasta las cachas, se fueron a la caza de la Policía Nacional, intentaron asaltar la Comisaría, quemaron varios coches patrulla, destrozaron las calles e hirieron a 10 agentes. Lo hicieron como si se tratara de un juego de vandalismo y, como si los gravísimos hechos no tuvieran consecuencias, lo colgaron tranquilamente en internet. Los 20 jóvenes arrestados ya están en libertad y a todos ellos se les han imputado tres delitos: atentado contra los agentes de la autoridad, desórdenes y daños, los cuales -sobre todo en los 13 menores- quedarán en nada o a lo sumo en una regañina paterna y poco más.

No se trata de un barrio marginal ni de chicos provenientes de familias pobres y desestructuradas, condenados desde su nacimiento a un futuro oscuro. Son niños bien que van a colegios privados, se codean con la jet, estudian idiomas en el extranjero y su destino natural sería estar en la élite de la sociedad y convertirse en los VIP de las siguientes generaciones. Lo tienen todo y lo desprecian todo. Son jóvenes salvajes, que no respetan nada ni a nadie, que han crecido creyéndose los reyes del mambo y cuya actuación merece, cuando menos, una reflexión de todos. Mas allá de las desafortunadas declaraciones de los responsables políticos -que como casi siempre no han estado a la altura de las circunstancias-. El asunto es que Pozuelo es el fiel reflejo de una realidad sociológica que no pinta nada bien. Jóvenes sin valores, fracaso de la familia y de la escuela y falta de alternativas son, entre otros, los ingredientes de un cóctel explosivo.

Aquí no hay inocentes. Todos somos culpables y no sirve de nada que escondamos la cabeza. Algo está fallando en nuestra sociedad cuando nuestros chicos relatan el salvajismo como una experiencia única. «Fue la noche más divertida del año», han dicho algunos de ellos. Los padres esconden su culpa echando balones fuera y las autoridades dicen que no son los suyos, sino los de los otros quienes montan la gresca. El tema es complejo, pero yo la única receta que vislumbro tiene un nombre: educación, y ese barco en nuestro país hace agua por todas partes sin que a nadie parezca importarle.

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