JAVIER MORÁN
Desde los ventanales del Hospital de Cabueñes que miran a Occidente la contemplación del noble edificio de la Universidad Laboral se tropieza con las heridas infligidas en el edificio gracias a su transformación en Ciudad de la Cultura.
Dicen que el ojo se acaba acostumbrando a todo, pero en la Laboral saltan, entre otros, dos elementos indigeribles: la fachada del Centro de Arte -con su resolución y azulejado semejante al de un supermercado barato-, y la caja escénica del teatro, mostrenca en sí misma, y también azulejada de cualquier manera.
Cito estos dos casos en particular porque casi puede conjeturarse que han pagado con su mal resultado el precio de que fueron rechazados los diseños originales para ambos, fruto de sendos concursos de arquitectos.
Colocar una fachada como la del Centro de Arte al lado de la Laboral es de Juzgado de guardia, y lo mismo cabe predicar del la caja escénica. Ello, unido a otras desfiguraciones del edificio del arquitecto Luis Moya, nos conduce a concluir que el Principado puso la restauración en manos inadecuadas, o poco prudentes, esto es, escasamente sabias.
Pero la desfiguración no es sólo física. Llegan noticias de que Recrea, la gestora de la Ciudad de la Cultura, envía vigilantes a los grupos de visitantes conducidos por un guía profesional. Es decir, Recrea pone una especie de comisarios ideológicos con la facultad de precisar lo que diga el guía, algo que, de mano, nos parece una terrible humillación.
La historia de la Laboral es la que es, llena de elementos interesantísimos y de matices, pero parece que deformar el pasado, u ocultarlo, ha sido la consigna arquitectónica e ideológica del Principado.
Ya lo hizo fluidamente Pepe Stalin con el pasado de su país, pero con la mala suerte de que después le aplicaron la misma medicina y también lo borraron de las enciclopedias soviéticas.