MARIBEL LUGILDE
Las grúas de Naval Gijón han sido vecinas mías durante gran parte de mi vida. Imponentes, arrogantes; en días de viento me he preguntado infantilmente cuánto haría falta para tumbarlas, porque, en ese caso, una de ellas podría caer directamente sobre mi salón.
He tenido una visión privilegiada sobre el fragor diario del astillero y el laborar de unos trabajadores cuyos movimientos, desde la distancia, parecían de una precisión matemática. He visto surgir de la nada cada barco y siempre me ha impresionado la manera en que cuando era botado se entregaba al mar como un gigante temeroso.
Como en toda convivencia, incluso la más enamorada, el día a día doméstico tenía sus encontronazos. Dependiendo de cada etapa, los ruidos desde el astillero dificultaban nuestro sueño o, si tocaba pintar el casco, sabíamos que restos de pintura alcanzarían nuestras ventanas.
En tiempos de conflicto mi calle estaba tomada -había que entrar y salir por el garaje-, y cada tramo era objeto de maniobras de conquista y reconquista por parte de trabajadores y Policía. Nuestro edificio ha sufrido en sus carnes el fuego cruzado. Estábamos acostumbrados a tiempos y sonidos de la protesta y, de forma automática, dependiendo del día o de la fase del conflicto, sabíamos, por ejemplo, que tocaba recalcular el trayecto para ir al trabajo o llevar y traer a los niños del colegio.
Mis hijos han crecido en vecindad con las refriegas, y alguna vez, tras observar atentamente a unos y otros desde la ventana, preguntaban quiénes eran «los malos» de aquella batalla. Cuando terminaba cada encontronazo, tras un tiempo de silencio en el que cada cual parecía estar lamiéndose las heridas, aparecían los curiosos que se acercaban a recoger «recuerdos» aún calientes. Yo misma conservo en mi casa botes de humo, pelotas de goma, cartuchos, canicas?
En realidad, he vivido la historia de Naval Gijón desde mi doble condición de vecina de El Natahoyo, pero también de periodista que durante años hubo de cubrir para la radio este y otros conflictos laborales. El periodista también tiene su puesto privilegiado, su «balcón» para ser testigo de lo que ocurre y, cuando se trata de este tipo de conflictos, es imposible sustraerse a la impresión que causa la dureza de estas luchas, desiguales con frecuencia y a la desesperada.
Confieso que no siempre he comprendido los modos de este conflicto, pero no seré yo la que cargue ni una gota de tinta contra la parte más débil de todas las cadenas. Por qué se dejo de luchar por Naval Gijón es algo que ya ha dado lugar a muchas reflexiones y no es lo que hoy me mueve a escribir estas líneas. Son ellas, las grúas. Porque me conmueve la imagen fantasmal que hoy ofrece este astillero que ha formado parte de mi paisaje vital, personal, profesional durante la mayor parte de mi existencia.
Contemplo desde mi ventana lo que va quedando de esos gigantes y compruebo que finalmente no será el viento quien los tumbe, sino la economía global. Se me encoge el corazón al constatar lo mucho que voy a echar de menos esas grúas.