ROMÁN SUÁREZ BLANCO
PRESIDENTE DE CAJA RURAL
Menudo galimatías el de la gripe dichosa, que si del gochu, que si la A, que si la mexicana, y nadie, en definitiva, que quiera quedarse con el apellido del virus. Leo y me maravilla la cantidad y calidad de las noticias y lo que no lo son, pero vete a ver si serán bulos o habrá algo en el agua, cuando la bendicen, y ahora resulta que ésta es «otra» pandemia, tras las de 1918, 1957 y 1968, que tres eran tres y viene la nueva y todas tuvieron su prólogo, sucesivamente desdeñado por los vigías, los centinelas del desierto de los tártaros, que deberían haber estado más atentos o haber hecho algo antes de que los virus, uno tras otro, fuesen mutando como seres inteligentes, o por lo menos dotados de eficaces instintos de supervivencia, que al parecer son, cada vez más fuertes, más capaces, más resistentes, como los atletas de los Juegos Olímpicos.
Ya no sabemos si hay que preocuparse o no, dado que cada vez que hay una víctima nos dicen que padecía de otro achaque anterior, como cada vez que hay una reyerta y muere alguno de los protagonistas nos aseguran que eran inmigrantes. Como si un tul, la niebla, otra burbuja, nos protegiesen a los medrosos ciudadanos, que en cada subconsciente no podemos por menos de recordar lo que pasaba en el cuento del pastor y del lobo o en su versión moderna de la película «Tiburón». Nunca pasa nada hasta que pasa, ni hay peligro cuando lo hay previo a que se pierdan ingresos derivados de la multitudinaria relación universal favorecida por el torrencial tránsito de gentes que van y vienen sin rumbo, en busca, hay quien dice, del paraíso terrenal, de la fuente de la eterna juventud y los recambios, que decía hace poco en un periódico un señor. De acuerdo con sus previsiones, en cuanto avancemos una pizca más en el camino del aprovechamiento de las células madre será coser y cantar que se haga cierto lo de la ciencia ficción de que podríamos ser casi inmortales, de la tribu de Matusalén por lo menos.
Había empezado a preocuparme esto de la pandemia, es decir, epidemia solapada, mal de muchos, hasta que se les ha ocurrido subdividirnos en más o menos vulnerables y unos dicen que los más son la chavalería y otros que las mujeres embarazadas, los gordos y los bebés, de modo que seremos todos y acabará muriendo un cierto número, y si nos toca, pues mira, qué le vamos a hacer. Hay una pandemia, tal vez también epidemia, que se recrudece a cada salida de puente, fin de semana y vacaciones, cuando se echan a la calle y la carretera la multitud ingente de los coches, los cochecitos y los cochazos y ahí, mira por dónde, también hay más o menos probabilidades, que hasta he oído decir o leído en alguna parte que a los coches de ciertos colores les cobran primas mayores, algunas compañías al menos, supongo que más selectivas y perspicaces, porque son los que suelen usar los más temerarios.
Total, que hay una pandemia a la vuelta de cada esquina, como podría haber un trilero, un carterista o un descuidero esperando que se vaya la gente de vacaciones para hacer también su agosto, por muchos candados que pongamos y mucho blindaje que intentemos de la cámara del tesoro, que hasta los de los faraones, blindados de maldiciones, hechizos y anatemas, acabaron en manos de los bárbaros.