LUIS M. ALONSO
Nuestros veranos nacionales tan pródigos en sal gruesa marina y de la otra se prestan a veces a la carcajada pero nos alejan, por la propia meteorología, de las frescas y sutiles corrientes del humor. Del humor británico, que es el humor por excelencia, y que, como decía el diplomático y ensayista William Temple, procede de la riqueza del suelo de Inglaterra, de su pésimo clima y de su libertad. O del humor judío, tan certero. El malogrado periodista Art Buchwald, que lo practicaba, habría sabido metabolizar con su fina ironía el número taurino del Partido Popular en la cena de Valencia o la exhibición minera del PSOE en Rodiezmo, dos secuencias patéticas en el inicio de un acongojante curso político.
Buchwald también habría sonreído ante esta mistificación paleta del fenómeno del famoso en la serie local del Niemeyer. Si era el primero en reírse de sí mismo, también podía hacerlo de los demás, sobre todo cuando los demás se comportaban de manera espantosamente ridícula.
Cuando el columnista de «The New York Times» murió a los 81 años, después de rechazar un tratamiento de diálisis, anunció su muerte en la web del periódico por medio de un vídeo. «Hola, soy Art Buchwald y acabó de morir». Los lectores pensaron que se trataba de otra de sus bromas como la vez que dijo que quería que sus cenizas se esparciesen sobre los edificios del constructor Donald Trump.
En «Nunca bailé en la Casa Blanca», uno de sus pocos libros editados aquí, escribió: «Alicia caminaba por la avenida Pensylvania cuando March le preguntó:
-¿Te gustaría asistir a una conferencia de prensa en la Casa Blanca?
-¿Qué es una conferencia de prensa en la Casa Blanca?, preguntó Alicia.
-Allí donde se niega todo lo que ya te han dicho, lo cual es la única razón por lo que podría ser verdad».
Las cenizas del gran Buchwald gravitan sobre las sonrisas a flor de piel.