EUGENIO SUÁREZ
Si uno no estuviera curado de espantos me habría causado alipori (vergüenza ajena) la foto de los bien instalados jerarcas socialistas en Rodiezmo, que es una especie de Lourdes progresista. Allí estaban, entonando «La Internacional», ese himno a cuyos sones se sacrificaron y asesinaron unos cuantos millones de seres humanos. Reconozco que es una canción bonita cuando la entonaban los nutridos coros soviéticos, pero es tan charanguera como la mayoría de los himnos populares. Allí estaban, arropados por un Alfonso Guerra, probablemente en representación de su hermano Juan, y a quien se le adjudicaba cierto instinto e incluso una moderada dosis de honestidad política.
Y con el puño en alto. Debo decir que, con el tiempo, ese gesto antipático y matonesco, amortizado en la mayoría de los países con partido de índole socialista, no acababa de cuajar en las filas progres, porque unas veces alzaban el de la mano izquierda -que era lo mandado- y otras cerraban la palma derecha, reservado a los comunistas. Tuve ocasión de ilustrar a un querido amigo banquero dispuesto, en los estertores del franquismo, a «poner huevos en distintas cestas» según su propia expresión que cuando le diera dinero a los soviéticos recordara levantar el puño donde no llevada el reloj y viceversa en el caso de los socialistas. Alguna vez se armó un lío.
Estaría por apostar que pocos funcionarios del PSOE y algunos simpatizantes ignoran el origen de que se escogiera el poético emblema del puño y la rosa. Uno es tan viejo que ha oído casi de todo y otro viejo amigo, ya desaparecido, mi ilustró al respecto. Que estaba enterado era indudable, pues, aunque navarro, español y sablista consumado, tenía amistad con Mitterrand y desde mi despacho llamó alguna vez al hermano y colaborador íntimo del presidente francés, el general, con quien mantenía una relación muy fluida, aunque no recuerdo que fuese el militar el que telefoneaba, aunque fuese a cobro revertido.
La cuestión es que en su atareada y picaresca vida Mitterrand hizo de todo, o casi todo. Militó en la extrema derecha, en el centro, en la tibia y la ardorosa izquierda hasta que consiguió el objetivo de su vida: ser presidente de la República y lo fue más que ningún otro. En España tuvimos un pálido reflejo en aquel activo hombre público y meapilas laicas, Tierno Galván, que también quiso ser presidente de la República española. La cuestión es que Mitterrand cursó la primera enseñanza en el Colegio de Saint-Paul, en Angulema, y el emblema de los colegiales, bordado sobre los delantales, era una rosa, que aplicó, pasando en tiempo, como lenitivo al amenazante gesto de alzar el puño. Apostaría a que en Rodiezmo nadie o muy pocos conocen este origen, comenzando por el anfitrión, el saltatumbas que ni siquiera había nacido cuando se produjo la Guerra Civil. Eso supongo, al menos.
Los chuletas madrileños cuando quieren mandar a alguien a paseo le recomiendan: «Eso vete a pedírselo a los paúles», que solían dar la sopa boba a sus puertas. Pero es otra cosa, aunque parecida.