LUIS M. ALONSO
Entre la endiablada situación afgana y la investigación de los crímenes del franquismo por parte del juez Garzón, lo que más les preocupa a los españoles es que el Gobierno está dispuesto a subirles los impuestos un 5 por ciento.
Lo que Zapatero ha hecho con esta crisis ha sido, primero de nada, negarla; después, echarle la culpa a los factores exógenos y, finalmente, ante la falta de soluciones, anunciar una de las subidas fiscales mayores de la democracia. No es es que esto sea muy imaginativo desde el punto de vista político, pero de alguna parte tiene que salir el dinero si el primer objetivo socialista sigue siendo gastar antes que administrar la delicada situación económica como es debido.
Subir los impuestos no resulta una novedad, es lo que suelen hacer los gobiernos nacionales, autónomos o locales cuando necesitan pulir más dinero del que ingresan por medio de una gestión adecuada de los recursos. Pero sí lo es, sin embargo, esta peculiar y errática forma de entender la política fiscal de un presidente que hace menos de un mes prometía la rebaja de 450 euros a los parados y un mes después se percata de que lo que hace falta es recaudar 15.000 millones más. Así que un día escuchamos una cosa y, al día siguiente, la contraria.
A Rajoy le han dicho que esta confusión no puede traer otra cosa que la derrota socialista en las urnas y se ha sentado a esperar pacientemente la hecatombe, incluida la del sistema. El edificio se derrumba y a Zapatero ya no salen siquiera aquellas cosas del capitán al frente del barco que se hunde. Más o menos todo el mundo es consciente de que de estos gobiernos socialistas no se puede esperar nada y mucho menos la solución. Así que lo único que queda por saber es qué se le puede ocurrir esta vez a Rubalcaba para ahuyentar a los demonios de la derecha. Qué guerra o atentado se pueden manipular para obligar a los españoles a tener que elegir entre el hombre del saco y el hombre que nos ha dado por el saco.