ALBERTO DEL RÍO LEGAZPI
Que hay palabras necesitadas de la urgencia de un acento lo sabe muy bien Ricardo Izecson Dos Santos Leite, más conocido como Kaká, famoso jugador del Real Madrid. El caso de este brasileño es que al no poder su hermano pequeño pronunciar Ricardo, lo llamaba «Caca» y así fue conocido en su niñez. Pero cuando comenzó a ganar fama futbolística se cambió a «Kaka» y luego a «Kaká». Imagínense si casi cien mil gargantas se ponen a corear el nombre del héroe sin cargar el acento al final. Con todo, la cosa, fonéticamente, huele. Total que Kaká, el del balón, se acentúa al igual que pipí el de la micción.
Recuerdo el caso de aquel secretario de organización del PSOE, el valenciano Cipriá Císcar y al que dependiendo del medio -sobre todo radiofónico- que se tratara, afín o contrario a los socialistas, le guindaban o no el acento en la «i». Y es que entre Císcar y Ciscar (ensuciar, según el Diccionario) hay un acento que vale un mundo.
Hay una manía endemoniada empeñada en suprimir los acentos, cosa inconcebible, creo yo. Este asunto estuvo alimentado por Internet y su influencia idiomática anglosajona, que los quiso eliminar del guiso informático. En ese potaje habían metido también a la «ñ» española, pero nuestro aliño no se dejó escoñar.
Hay muchas palabras que apenas sobreviven sin acentuación. Por ejemplo no se lo quites a testículo porque el resultado, testi-culo, es algo así como un diagnóstico prostático femenino. O si se lo birlas a músculo, te queda la cosa en mus-culo, que debe ser como denominan en el Moncayo aragonés al mal jugador de mus.
En el ámbito religioso si al Papa le ponen acento al final, se convierte en un papá pupa cualquiera, algo así como un «Benedicto ven despacio».
En el mundo de la política hay acentos postizos, como es el caso del resultado de la reducción familiar gramatical del Partido Popular: PP, pero como esto vulgariza y no singulariza, hay que echarle un acento al final para que nos salga Pepé, y no lo confundamos con Pepe el de la Renfe o Pepe el tu primo. Qué sé yo.
También existen los ilegales, lingüísticamente hablando. Por ejemplo, el que algunos adjudican al partido avilesino que responde a las iniciales de ASIA, cuando queriendo singularizarlo lo denominan Asía, con marcado acento en la «i», lo que va contra las más elementales normas gramaticales que impiden acentuar los acrónimos.
Por tanto no quite ni ponga acentos gratuitamente, porque su infraestructura neurológica se podría chamuscar.
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