JOSÉ MANUEL PONTE
Si uno quiere armar bronca no hay escenario más apropiado que una fiesta popular. Ante los primeros brotes de violencia entre bandos enfrentados, la masa que acude a divertirse adopta comportamientos de rebaño asustadizo y, antes de conocer la causa de tanta agitación, inicia un movimiento de huida hacia donde cree adivinar que puede estar el lugar seguro. Una opción complicada de tomar en un dédalo de calles estrechas y abarrotadas de gente, que muchos no conocen bien porque son forasteros. Para complicar más las cosas, la información veraz sobre lo que está sucediendo tarda en llegar, si es que llega. Todo son rumores, suposiciones, fantasías y libre circulación de miedos y prejuicios. Durante la Semana Santa de 2000 en Sevilla se produjeron momentos de verdadero pánico al correrse la especie entre la multitud de un posible atentado. Las procesiones se paralizaron, las bandas de música cesaron de tocar, los costaleros abandonaron las imágenes en el suelo y la gente se apretujaba al intentar huir en direcciones contrarias. En un clima semejante de histerismo colectivo fue un milagro que no se produjeran muertes, y el incidente se saldó con trece heridos leves y numerosos ataques de ansiedad. Pasado el tiempo, aún no se estableció claramente la identidad del agente provocador aunque existen conjeturas sobre la posible actuación de grupos de jóvenes que participaban en uno de esos juegos llamados de «rol». Lo sucedido en las fiestas de Lekeitio (Vizcaya) y Pozuelo de Alarcón (Madrid) me lo ha traído a la memoria. En la localidad vasca, los incidentes se desencadenaron cuando un grupo de jóvenes radicales se concentraron ante la Comisaría de la Ertzaintza y empezaron a insultar a los guardias y a lanzarles botellas. La respuesta fue contundente, los enfrentamientos se extendieron al resto del pueblo y durante la trifulca se incendiaron coches, se rompieron escaparates y se cometieron innumerables destrozos. En la localidad madrileña, los acontecimientos fueron muy parecidos. También allí hubo intentos de asalto a la Comisaría de Policía, diez agentes resultaron heridos y, según relatan varios de ellos, en algún momento temieron por sus vidas dada la furia y el número de los atacantes. En la prensa se da un tratamiento distinto a los dos sucesos. El de Lekeitio se atribuye a un móvil político independentista («kale-borroka») y el de Pozuelo se intenta analizar desde la perspectiva de un desarraigo juvenil inexplicable («pijo-borroka») dado que es el Ayuntamiento de España con una renta «per cápita» más alta. Que los hijos de los pijos se comporten como unos vándalos no les entra en la cabeza a los sociólogos de guardia de las cadenas de televisión. En realidad, la diferencia entre uno y otro caso, en métodos, resultados y motivaciones, no es tan notable. El País Vasco es una de las regiones del Estado español más prosperas y con más nivel de riqueza y la más privilegiada de todas desde el punto de vista fiscal. Si se llegase a separar del resto de España (que es su mercado natural) posiblemente perdería algunas de esas ventajas. El independentismo no siempre se ejerce desde la lógica. Tiene un componente pasional importante.