JAVIER MORÁN
Da respeto transitar por este mes de septiembre: crece la incidencia de la gripe A; sube el desempleo, y aumenta la certeza de que danzarán los impuestos en contra del bolsillo medio (IVA, tabaco, alcohol, carburantes...).
Respecto a esto último, también acaba de asomar la oreja el edil de Hacienda: los impuestos y precios municipales de Gijón no bajarán en 2010. Ahora, hemos de esperar a que dicho concejal, Santiago Martínez Argüelles -la sonrisa del régimen de Paz Felgueroso-, nos lo explique un poco más. Que no bajarán puede significar que se congelarán o que subirán. Sea como haya de ser, no olvidemos que Argüelles es un artista de la persuasión y del convencimiento del prójimo, así que prepárese Gijón para asentir, que es lo que ha hecho con el IBI, el Catastro y el «Catastrazo», los impuestos locales de 2009, etcétera.
Ahora bien, si los toros se han de lidiar de uno en uno, no hay derecho a que los ciudadanos tengan que encararse con tres morlacos al mismo tiempo. Viene Zapatero, y a contribuir más. A continuación, Felgueroso y su municipalidad; y detrás vendrá Álvarez Areces y la principalidad.
Con todo, confesamos vivir en una contradicción: por un lado, el Estado de bienestar no se mantiene si un mayor esfuerzo impositivo durante una crisis -de ahí la solidaridad a la que apela Zapatero-; pero, por el lado contrario, un Estado más absorbente de impuestos durante un período crítico, y que no recorte gasto público -no necesariamente en prestaciones sociales básicas-, tardará más tiempo en abandonar las tribulaciones económicas.
¿Nos abocan las subidas impositivas de Zapatero -y las previsibles de Felgueroso y Areces- a una «argentinización» de España, como temen algunos gurús; es decir, a un empobrecimiento del que no se salga durante años o lustros?
En esto pensamos en medio de la danza de los impuestos a nuestro alrededor.