TONI SILVA
Pienso que lo más interesante de la gestión cultural de los poderes públicos, especialmente en los lugares donde hay déficit de instalaciones, debe ser la construcción y habilitación de las infraestructuras necesarias para su desarrollo, más incluso que ponerse a organizar personalmente una serie de actividades que a la autoridad cultural de turno le gusten. Dicho de otra forma, creo que la prioridad gubernamental debe ser la de facilitar los medios, las infraestructuras y unas entidades organizativas independientes para que, pensando en la pluralidad de la población, se puedan hacer muchas cosas distintas y no sólo aquellas que les gusten personalmente a los mandatarios de turno, sean de un color o de otro. O descoloridos, que podría ser.
A estas alturas de la democracia, extinguida ya la inocencia y el entusiasmo voluntarista de los primeros años que justificaban todos los errores, se hace necesaria una verdadera gestión cultural que impulse no sólo las infraestructuras materiales (los espacios), sino también unas estructuras organizativas -independientes de los políticos- capacitadas y profesionales. Y digo «profesionales» porque de la misma forma que el político profesional es una figura aborrecible -al menos para mí-, el gestor profesional es deseable y necesario. Lo realmente progresista, creo, no es el contenido más o menos «progre» de los actos sueltos que se puedan organizar, sino la gestión profesional y eficaz de los recursos, de las entidades, de las infraestructuras y de la acción cultural.
Aplicando esta idea a Ribadesella, y echando la vista atrás hasta el comienzo de la democracia, pienso que nunca ha habido verdadera gestión cultural por los mandatarios locales, pues lo que se hace con la Casa de Cultura -sin director, sin gerencia y sin plan alguno- está muy lejos de poder llamarse «gestión». Dejando a un lado la biblioteca, que funciona aparte, la «gestión» de la Casa de Cultura es poco más que un servicio de abrir y cerrar las puertas, apenas sin iniciativas ni actividades de producción propia. Habría que mirar hacia la Casa de Cultura de Llanes y a la labor de su director, Higinio del Río, para darse cuenta de en qué consiste la gestión de una instalación cultural. Me refiero, por ejemplo, a la estupenda exposición sobre la invasión napoleónica en aquella villa, un tipo de iniciativa impensable en Ribadesella, donde no hay producción propia y aún están en la etapa de cobrar (y ni siquiera mandar limpiar o publicitar adecuadamente las exposiciones) y exigir encima la cesión de una obra por el uso de la sala, un planteamiento que me parece pobre y poco interesante para una instalación pública.
Esta falta de visión cultural viene de lejos, pues en los años ochenta aquellos mandatarios dejaron escapar torpemente la Residencia de la playa, ofrecida gratis al Ayuntamiento y rechazada por éste, a pesar de que la juventud local la reclamaba para Casa de Cultura. En los noventa no supieron intervenir para convertir el palacete de los Uría Aza en casa museo de los pintores. Y en los dos mil fueron incapaces de aunar voluntades para adquirir la casa del Escudo e instalar allí una subsede del Museo de Bellas Artes de Asturias. Eran tres infraestructuras de primer orden en las que se podría haber sustentado una gran oferta cultural, pero se dejaron escapar lastimosamente. Y los ejemplos sangrantes no sólo están en el pasado, pues ahí tenemos hoy al cine Divino Argüelles, cerrado y abandonado (me consta que Andecha Astur quería proponer algo, pero estos jóvenes parecen contagiados de la misma apatía que los gobernantes), o el salón municipal de actos, del todo insuficiente e inadecuado para estos tiempos. Generación tras generación se desperdician las oportunidades de hacer algo grande, y por eso me sorprendió la energía que derrochó Ribadesella para exigir el museo de Tito Bustillo. Debió de ser un espejismo, pues las actuales autoridades (y la propia sociedad riosellana, que es más grave) han vuelto a caer en esa apatía que ya denunciaba el periódico «Somos» en los años cincuenta.