JOSÉ DE ARANGO
En los tiempos ya un poco lejanos en los que los que quienes ahora somos mayores estábamos en edad juvenil esperábamos con impaciencia que llegase la tarde del sábado para que en casa nos mandasen a la estaferia vecinal, porque se trabajaba mucho con el pico y la pala, pero se pasaba muy bien escuchando una y mil historias de los veteranos sobre sus aventuras festeras o del servicio militar. Nos valía casi todo. Se hacía un escote para comprar algo de vino que se mezclaba con mucha gaseosa y con las botellas metidas en un pozo -el frigorífico de entonces-, había incluso alguna ama de casa que al final de la faena acudía con cualquier producto derivado del cerdo y daba la merienda a todos. Y es que el picachón abre mucho el apetito.
En los últimos días hay diversas corporaciones municipales que están muy preocupadas por el «botellón». Las fiestas de las villas y las romerías de prau de muchos pueblos son los escenarios en los que una determinada juventud campa a su aire, sin limitación alguna, con el alcohol adquirido en el supermercado de turno y beben como bucaneros dejándolo todo hecho un asco y sin respetar para nada jardines y mobiliario urbano, haciendo inútil la instalación de contenedores de basuras. Y en ocasiones ellos mismos, esos jóvenes, se convierten en muñecos andantes hasta que ya no pueden más y se tumban allí donde la borrachera los deja tan alucinados que no aciertan a dar ni un paso más.
Dicen alcaldes y concejales que no hay nada legislado contra el «botellón». Y que es preciso redactar y aprobar unas ordenanzas que intenten regular estos desmanes. Los tiempos cambian que es una barbaridad y antaño bastaría con pasar un aviso a los padres de los interfectos y éstos les soplarían unas obleas que los pasarían por encima de la montaña más lejana. Pero claro, el otro día, por ahí abajo, unos padres aseguraban que los del «botellón» de ese pueblo de los graves incidentes no eran sus hijos. Que habían venido de afuera. Como si los fulanos del escándalo, por ser de otro pueblo, no tuviesen padres.
Pues si hay que redactar, consensuar y aprobar una ordenanza municipal para que esto del «botellón» quede frenado en seco quizá sería una buena fórmula que los educadores, los asesores de esto y de lo otro que abundan en nuestros gobierninos, maestros, asociaciones, portavoces de aquí y de allá, autoridades de alta alcurnia o de un simple nivel municipal tuviesen en cuenta que los del «botellón» son menores de edad para sancionarlos como a adultos, pero pueden comprar el alcohol que quieran, tienen dinero que les dan sus padres para permitirse ese gasto y además están, por lo general, muy poco cansados. No les duele el lomo y cuando llega el sábado en vez de destinar un tiempo al descanso lo emplean en empinar el «botellón» y allá va que te preste. Y hasta conducen un coche. Que San Cristóbal nos ampare.
Y para cansarlos un poco es posible que también resultase muy positivo el llevarlos a estaferias comunales, porque eso redundaría en la mejoría de nuestros pueblos. Y de paso acabarían con el riñón hecho puré. Si hace medio siglo a esas edades le dábamos al picachón y a la pala llana, no hay por qué dudar que ahora, con alimentaciones tan cuidadas y sofisticadas como las actuales, los niñatos podrían empuñar la herramienta al menos en un horario laboral como si fuesen funcionarios, nada de ocho horas, que eso es un antigualla, sino hasta las dos de la tarde, porque se ficharía la salida a las tres, pero hay que tener en cuenta que lleva una hora recoger tan elemental herramienta. Y cerca de otra hora para el bocadillo, que a los nenes no hay por qué hacerles pasar hambre. No es cuestión de que estén a potaje de berzas y farrapas como antaño. Faltaría más. Sus padres pondrían el grito en el cielo.
Eso de que quien estropea jardines, farolas, contenedores y mobiliario urbano en general tiene que pagar es muy elástico porque, claro, los pequeñines, como no tienen edad reglamentaria, no son responsables económicos y tienen que ser los padres -que niegan que sus hijos son los autores de los destrozos- quienes en el mejor de los casos afronten la correspondiente factura. Esa factura de dudoso cobro quedaría asegurada si los nenes tuviesen la obligación de ir a unas estaferias para reparar daños y, en todo caso, incluso se les podría asignar un jornal. Pero, eso sí, nada de herramientas sofisticadas, de esas modernas que todo lo trituran, sino el picachón y la pala llana. Si antaño podíamos hacerlo, y además íbamos como quien acude a una romería, no me explico por qué ahora no son capaces si tienen energía suficiente para destrozar lo que encuentran a su paso. ¿No son muy hombres para triturar contenedores e incluso para intentar asaltar una Comisaría de Policía? Pues nada, primero unas obleas de papá, para que no se repita, y después estaferia, mucha estaferia de picachón y pala llana. Aunque, ahora que lo pienso, a papá igual le cuesta un proceso judicial el darle unos soplamocos a su retoño que le salió bastante papanatas.
En esto del «botellón» es posible que el carro haya pasado ya delante de las vacas. Y o se le pone una galga de buena madera en la rueda o cualquier día los del «botellón» entrarán en cualquier organismo oficial, municipal o comunitario, en una Comisaría de Policía o en un cuartel de la Guardia Civil dispuestos a armar una revolución de pacotilla. Los de Pozuelo de Alarcón amenazan con repetir. El problema ya está aquí y nos ha pillado de sorpresa, sin una ordenanza que poner en activo. Tanto legislar, tanto consensuar, tanto discutir y los políticos no han sido capaces de prevenir algo que se veía venir. Y es que la pérdida de valores educativos ya está en marcha desde hace bastante tiempo. Éstos son sólo unos mínimos resultados.
El otro día me decía José Antonio «Cermoño», uno de los concejales responsables de la brillante recuperación de las fiestas del Bollo de Salas, que hubo mucho «botellón» en la villa, pero que los residuos los habían dejado en las bolsas, sin utilizar los contenedores, pero que no causaron desperfecto alguno en el mobiliario urbano. Y estaba contento el edil de que todo se haya quedado en una invasión de residuos del «botellón» que se encargarían de eliminar los servicios de limpieza a base de jornada intensiva. La conclusión, para que todo rime, es más picachón y menos «botellón». Y a limpiar montes, que buena falta tienen.