FRANCISCO SÁNCHEZ
Uno se tiene que ir de vacaciones, porque éstas ahora y en realidad no son un derecho, sino una obligación. A poco que recapacite se dará cuenta de que las vacaciones suponen un sinfín de esfuerzos y sinsabores, mucho más arduos y pesados que los que exige el trabajo ordinario y metódico del resto del año.
Los sicólogos dicen que con la vuelta de las vacaciones se produce un estrés, que llaman postvacacional y del que culpan, erróneamente, al retorno al trabajo cotidiano y a la vida ordenada. Obviamente no es cierto, porque lo que produce el desajuste del cuerpo y del alma no es la vuelta a la monotonía de la vida. Lo terrorífico es dar cumplida satisfacción a todo eso que se tiene que hacer en vacaciones.
Las vacaciones exigen una jornada de trabajo que ni el empresario más sinvergüenza es capaz de imponer al más misérrimo de los inmigrantes sin papeles. Hay que hacer maletas y demás bultos, cargar con ellas como un condenado a trabajos forzados constitucionalmente prohibidos, de un lado para otro, que así se acaban resintiendo los lomos y las rabadillas; hay que madrugar más que para ir al trabajo, porque los aviones salen a horas inverosímiles o por aprovechar momentos intempestivos en que circula menos gente por las carreteras; hay que sufrir colas para casi todo, más largas y cansinas que las que son obligadas para conseguir una ración de pan en los tiempos más recios de cualquier posguerra; hay que visitar todas las piedras viejas del lugar por donde se pase, que por lo general nos importan un rábano, y hacer retratos de todo cuanto existe, como si no los hubiera de calidad infinitamente superior en cualquier libro, quiosco o, incluso y gratis, por Internet; hay que aguantar estoicamente la justicia de un sol insoportable, bajo un rebozo de cremas, arena y sudor, y encajonado en medio de una muchedumbre que cubre cualquier atisbo visible de naturaleza, y cuya sofoquina sólo puede aminorarse algo pagando un potosí por un refresco o sumergiéndose en un caldo de orines y medusas; hay que comer bazofia congelada que, si nos la pusieran en casa, sería motivo justificado de inmediato divorcio; hay, en fin, que trasnochar estúpidamente, aunque se nos caigan a plomo los párpados por el sueño y el cansancio, porque es un exceso obligado en tan extraordinarios días. Algunos incluso añaden a esa trabajera no separarse del móvil ni un segundo, porque tontamente se consideran imprescindibles, y leer los periódicos y ver la televisión, porque no quieren perderse cualquier novedad, como si las hubiera.
Si fueron así sus vacaciones, lo natural es que vuelva usted hecho fosfatina y desquiciado de los nervios. La causa del estrés es el esfuerzo desplegado en sus obligadas vacaciones a destajo. El retorno a la rutina es un alivio.