JAVIER NEIRA
Todo está escrito desde el big-bang de la historia, así que nos limitamos a recordar que diría Platón o a repetir que indicaría Deleuze. Repasemos: el rey de Creta tenía una criatura políticamente incorrecta, el Minotauro. Para mantenerlo a raya construyó el laberinto y se llevó desde Atenas a un puñado de prisioneros. Quien quisiese la mano de su hija Ariadna tendría que doblegar al Minotauro.
Llegó Teseo a rescatar a los suyos y Ariadna, enamorada al primer golpe de vista, se saltó las normas, le dio un hilo para conducirse por el laberinto y después huyó con él. Teseo, sin embargo, al poco la abandonó en Naxos. La desesperada Ariadna conoció a Dionisos, dios de todos los placeres, y sorteó el abismo de desolación.
Un frondoso árbol de enseñanzas: por amor, las mujeres son capaces de traicionar a su patria y a su familia; por fama, los hombres llegan a traicionar a las mujeres; la suerte nunca está echada y lo mejor puede aguardarnos a la vuelta de la esquina... tres milenios después, Strauss, en las antípodas del artista bohemio, progre y semianalfabeto -vamos, que era multimillonario, de extrema derecha y súper culto-, recrea y potencia el mito o, mejor, el racimo de mitos con una música que los fundadores del mitema no habrían podido ni soñar y da una patada a seguir impresionante al viejo balón de la sabiduría.
Hoy, en el Campoamor, se ofrecerá todo eso y mucho más, porque las derivadas son casi infinitas. Lástima que la temporada de ópera de Oviedo esté a punto de perderse en el laberinto del Minotauro -no señalo a nadie, pero...- y la correspondiente red de intereses y traiciones.