ALBERT CANO
El presidente del Gobierno ofreció su diagnóstico sobre la economía y dijo lo esperable: «Lo peor de la crisis ha quedado atrás». Esto es importante, porque coincide con la mayoría, cuya confianza futura no ha dejado de aumentar en los últimos meses. Y es que se juntan el hambre con las ganas de comer: los españoles no quieren creer que ésta no es una crisis como las anteriores y se pregona una rápida vuelta-a-lo-de-antes, con consumo e hiperendeudamiento. ZP, consciente de que aquí gusta el vivir «contento y engañado», consigue así no desplomarse en las encuestas. De momento.
También afirmó ZP que la «recuperación servirá para transformar nuestros sectores tradicionales (léase ladrillo) y potenciar otros nuevos». El problema es que casa mal con la realidad. Según el Banco Mundial y el Foro de Davos, España es un país con: creciente pérdida de competitividad, un mercado laboral inflexible y poco productivo y altas dificultades para la creación de empresas. Sólo faltó la OCDE sobre nuestra educación, al situarnos como el Estado donde menos compensa estudiar, ante la menor diferencia salarial entre universitarios y los que se quedaron en la ESO (en comparación con otras naciones). Por último, hemos logrado (en plena crisis) que uno de cada cinco empleados sea funcionario, mientras autónomos y asalariados bajan a velocidad de vértigo.
Alguien dirá: para cambiar las instituciones y que las transformaciones surtan efecto deben pasar años. Y es cierto... si fuera el camino emprendido. La prensa oficial olvidó resaltar otra frase interesante de Zapatero: «La recuperación no será vigorosa si no reactivamos el sector inmobiliario». Así que, ¿presenciaremos, con dinero de todos, un dopaje a los señores del ladrillo (para ayudar así a los bancos), tal como ya hacemos con los coches?