JAVIER NEIRA
Nueva York está celebrando los 400 años de su fundación a cargo de Henry Hudson y los suyos, que acabaron asentándose en Manhattan; así que nada como ver de nuevo la película «Gangs of New York», de Scorsese, estrenada en 2002. Narra sucesos ocurridos en el año 1863 y sucesivos, con un fuerte carácter refundador.
La película es terrible, con tipos de espanto. Destaca Bill el Carnicero, capaz de todo tipo de barbaridades para mantener la hegemonía de las bandas de los autodenominados Nativos sobre los Conejos Muertos irlandeses y otros recién llegados.
A lo que iba. El tiempo de la acción es más o menos el mismo que el de «La Regenta». No caben comparaciones, se dirá, entre la consabida pequeña ciudad provinciana de una potencia media -entonces, como ahora, España era la novena potencia mundial, dato que la leyenda negra moderna se empeña en ocultar y lo consigue- y Nueva York, una urbe que medio siglo después sería la mayor y más dinámica del planeta.
Sin embargo, a mi juicio, sí es posible realizar ciertos cotejos. Por ejemplo, procede subrayar la enorme asimetría entre la crueldad con que se desempeña la vida de Nueva York en la segunda mitad avanzada del XIX y la placidez integradora que se respiraba en Oviedo; y eso que Clarín no fue precisamente parco a la hora de subrayar lacras.
En cincuenta años, Oviedo se multiplicó por dos en cuanto a potencialidades y ecos, hasta que los sucesos revolucionarios de los años treinta la machacaron, si no para siempre, casi. En cuanto a Nueva York, se multiplicó por diez, por cien... La pregunta es ¿todo gran crecimiento implica una dinámica tan cruel como la presentada por Scorsese?
Final. Aquellos feroces neoyorquinos eran mucho más beatos que los lechuguinos de Vetusta: el cuento de la ciudad levítica queda desmontado.
(Para la terapia de esta semana se recomienda vivamente «Till Eulenspiegel», de Strauss).