JORDÁN SUÁREZ GAREA
Cierto es que en estos tiempos la palabra crisis nos es muy familiar, y cierto que uno no puede dejar de mirar a su alrededor y querer comprender qué quieren decir con ella. Está claro que quien más o quien menos, ya tiene su propia definición y valoración de dicho concepto o situación. Y es que hay para quienes la situación que atraviesa la economía mundial es la mejor definición física y palpable del mencionado concepto.
Tiempos de crisis, en los que los afortunados viven mejor que antes, pero en los que la gran mayoría atraviesa por la penurias de un sistema económico mundial que nos deriva a la propia desaparición, el capitalismo, el gran carroñero del presente y el futuro mundial.
Tiempos en los que quienes gobiernan luchan incesantemente por encontrar soluciones, ya que es imposible sostener el sistema que en otros momentos les convino pero que ahora les pone a los pies de una población sobrecogida y angustiada; al tiempo que otros aprovechan para, desde su labor de oposición, ametrallar al herido y agónico gobernante afortunadamente ya no con las mismas armas que sembraron quién sabe cuántas fosas; más ahora, cuando ellos siguen perteneciendo al grupo de los que no conocen el miedo a la crisis.
Tiempos en los que cabe imaginar a un juez en el banquillo por buscar los restos humanos de los delitos de quienes derramaron sangre, mientras éstos siguen nuevamente disfrutando de su grandeza.
Tiempos difíciles: mientras hay quien busca desesperadamente trabajo en las colas de los servicios públicos de empleo, hay quien desde la opulencia, en el municipio más rico de este país, arrincona a la Policía en un «macrobotellón» de niñatos irresponsables. Padres que salen de los juzgados justificando a sus pobres hijos sorprendidos por una incapaz fuerza de seguridad del Estado. Y ante esa incapacidad, no queda otra que la prohibición, por qué va a poder tomar un culín un joven de 16 años, aunque pueda subir a un andamio a poner más ladrillos del capitalismo, seguramente en condiciones laborales muy precarias.
Tiempos en los que algunos aprovechan la sensibilidad de los que sufren, y entonces pretenden juzgar a los niños como adultos, sin dejarlos nunca ejercer como tales. Y es que hay quien cree todavía en aquel otro mundo donde los pudientes compraban a los menores. Aprovechan, por supuesto, ir de la mano de una Iglesia muda ante las dificultades de los mortales y dispuesta también a ensombrecer con sus sotanas lo que otros llaman acoso y ellos justifican como provocación de esos pequeños diablos.
Tiempos nublados en los que el cambio climático acucia sin perdón a esta sociedad en derrumbe, mientras los que más tienen, y más deben, campan libremente ahogando el aire ajeno, sin responsabilidad ni vergüenza. Donde el imperio se traga el 25% del combustible fósil del planeta como si de una cerveza en verano se tratase.
Son esos tiempos en los que los corruptos y especuladores disfrutan de sus grandes beneficios durante décadas, hoy sobre la humilde imagen de los débiles incapaces ante las desigualdades. Tiempos en los que los grandes ladrones afianzan su libertad, y un fiscal es capaz de pedirle cuatro años de prisión a un joven por menos de medio gramo de anfetaminas que no costarían ni 5 euros, y que probablemente consumiría él mismo. Y es que quizá también la justicia pase por uno de esos momentos difíciles.
Y es que, en definitiva, vivimos tiempos de crisis, de la crisis de un modelo social seguramente, de un modelo económico claramente, y quién sabe de cuántas cosas más. Probablemente vivimos los tiempos en los que es hora de tomar decisiones; a veces arriesgadas, pero necesarias para que quizá consigamos salvarnos de nuestros propios errores.
En las peores épocas de la historia mundial, sólo la unión y la movilización de los que han sufrido los efectos de las grandes crisis han garantizado que nos salvemos. Probablemente hoy, como ayer, tienen sentido muchos puños en alto.