CARLOS CARNICERO
En el PSOE ya casi no se ofertan disimulos. La salida de Pedro Solbes del Congreso de los Diputados «no tiene importancia» -en palabras de Leire Pajín- porque «ya se sabía» que se iba a ir. Al igual que Jordi Sevilla y el ínclito César Antonio Molina. En la lista están el ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo y otros ex ministros independientes. Nacieron para ser ministros y la vida como simples parlamentarios no les depara satisfacción personal ni económica. Sólo hay que recordar que Miguel Sebastián, cuando se dio el batacazo en el Ayuntamiento de Madrid, salió despavorido a su cátedra en la Universidad, de donde no salió hasta que tuvo encerado el despacho del Ministerio.
La soledad de Zapatero está acompañada de sus incondicionales, que lo son hasta el día en que los despide. No despacha con nadie, toma decisiones personales amparadas en un colectivo de amigos con intereses empresariales y cada día el papel de la comisión ejecutiva y del Consejo de Ministros es más simbólico.
Ahora, con un Partido Popular otra vez echado al monte, las defensas del socialismo se topan con una impopular subida de impuestos después de años de afirmar que bajar impuestos era progresista.
La OCDE y la Unión Europea anuncian demoras en la salida de España de la crisis mientras las cifras de parados amenazan con crecer. Sería época de juntar voluntades y de evitar la diáspora. Si el hallazgo de los independientes fue una fórmula magistral, ¿cómo se explica ahora su huida? Zapatero está demasiado acostumbrado a hacer una cosa y la contraria y no sería malo que centrara un plan estratégico para lo que puede ser el último tramo de poder de su vida.