AURELIO GONZÁLEZ OVIES
POETA
Apenas ha terminado el verano, mas la luz de la tarde cae muy débil. Oscurece temprano y parece mentira que hace un mes, sobre esta misma hora -son las ocho pasadas- hablábamos aquí, bajo la parra, resguardados del sol, buscando sombra. ¡Qué cortos estos días después de días tan largos! ¡Qué solo el pueblo y qué silencio! Deshabitadas casas, pilas de estiércol viejo, gerberas en un tiesto y el vuelo fatigado de alguna mariposa.
Los domingos se cierran siempre lánguidos. Por la mañana cruzan autobuses y coches. Gente que llega y abre las ventanas. Que traen trastos, botes vacíos, bolsas con ropa. Herederos urbanos de estos muros de piedra y estas tejas antiguas. Barren sus antojanas. Van a misa. En ocasiones pasan, miran desde muy de soslayo, ni siquiera se posan. La iglesia es una excusa para luego ir al chigre y tomarse unos vasos. Encontrar al pariente, saludarlo, preguntarle por éste y por aquél, por sus hijos y nietos, por su esposa.
Al mediodía a veces se reúnen con otros herederos que regresan así, de vez en cuando. Estiran el mantel sobre la mesa, despliegan la sombrilla, hablan de los colegios de sus niños. Comen unos pinchitos de tortilla, raciones de empanada, pastelillos salados, parten queso y lavan unas frutas y hacen café de pota. Después quedan charlando mucho rato. Sienten pena de todo, todo se está cayendo, abandonado todo. «Lo que ha sido este pueblo y lo que es», comentan no sin cierta impotencia, con palpable congoja.
Y ellos sacan las cartas y discuten, entre sorbos de anís y humo de habanos: «Por qué no diste al basto; échame el as de oros». Ellas mientras conversan: «Qué caros los zapatos que una trae, qué esclava la oficina, qué hermosa aquella alfombra». En seguida el reloj manda y recogen. «Después, si no pillamos caravana». Meten lo que sobró en las fiambreras. Guardan las sillas y cierran las contras. Se despiden y marcan otra fecha, otra festividad que los convoque. Arrancan y se van. Y el pueblo vuelve a ser lo que es a diario: un puro atardecer, la espadaña y la iglesia, el cementerio, cuatro postes tumbados con sus cuatro bombillas perezosas.
El otoño no es más que una estación. Los pueblos no son más que un paulatino otoño. Los que viven en él lo sienten como árboles. Todos se han ido y dan las nueve. No queda nadie. Una araña que teje ágilmente su tela. Un pajar donde pernocta el gato. El rocío reciente de septiembre y el entrechoco en el «bañal» de alguna pota.