ANTONIO OCHOA
Las modas son uno de esos fenómenos sociales que pueden hacernos dudar de la racionalidad del comportamiento humano. No sólo es habitual que desafíen los principios de la lógica, sino que muchas veces contradicen las leyes de la naturaleza. La estética, la comodidad, la economía y aun la propia salud se rinden ante ellas sin resistencia. Véase, si no, esos pantalones de tiro bajo, caros, incómodos y que sólo les quedan bien a los maniquíes de las tiendas. Seguro que harán sonrojar a más de uno cuando vean las fotos dentro de unos años, pero nadie puede ser joven ahora sin llevarlos. Tenemos más miedo a ir por la calle pasados de moda que a ir por la autopista pasados de velocidad. Ni las tomaduras de pelo del pasado, ni las vergüenzas futuras, ni los consejos de los médicos, ni el saber que estamos siendo manipulados por la publicidad pueden disuadirnos. La inteligencia tiene ahí la batalla perdida.
En política también existen modas. En España, por ejemplo, hace un cuarto de siglo, debido al recuerdo aún fresco de la dictadura, estaba mal visto ser de derechas. Todos los partidos que pintaban algo decían ser de centro o de izquierda y los ciudadanos mirábamos con envidia las sociedades del bienestar del norte de Europa. Pero la memoria es tan efímera como el viento y los neoconservadores americanos empezaron a soplar y soplar hasta que, poco a poco, fueron haciendo girar la veleta. «El Estado es malo y las empresas buenas» y «no necesitamos servicios públicos porque vamos a ser todos ricos y los tendremos privados, que son mejores» triunfaron como eslóganes publicitarios. Ser de derechas se convirtió en lo más «in» y pagar impuestos en lo más «out». Los ciudadanos de las dictaduras «rojas» les creyeron, entregaron el Estado a los mafiosos y se hicieron ricos (los mafiosos, claro). Nosotros les creímos, vendimos las empresas públicas a unos cuantos listos y también se hicieron ricos (los listos, claro). Pero, con la que está cayendo, quizás eso de hacernos ricos el resto vaya para largo. Puede que algunos tengamos que seguir usando los servicios públicos una temporadita más.
Ahora bien, podemos exigirle al Estado que administre con cuidado los euros que le damos, pero no que los pinte, porque el rabil de la maquinita de hacer billetes ya no lo manejan ellos. Tampoco pueden vender las empresas rentables porque fueron todas privatizadas. Se podría hacer como los clubes de fútbol, vender los edificios del centro de las ciudades y hacer otros en las afueras. De hecho, algo de eso se hace, pero las ganancias no suelen ir a parar a las arcas públicas y tampoco es buen momento para «pelotazos» urbanísticos. Y, si lo piden prestado, al final habrá que devolverlo con intereses, así que al final el dinero acabará saliendo de nuestros bolsillos. El maná ya no cae del cielo y apenas cae de la Comunidad Europea. Si queremos disfrutar de servicios tenemos que pagarlos con nuestros impuestos.
Por eso se debe mejorar la gestión, se debe mejorar el reparto de cargas, pero cuestionar los impuestos por principio es atacar el Estado del bienestar. Si usted es rico (o piensa serlo pronto) y usa colegios de pago, clínicas de lujo, avión privado y guardaespaldas, rece para que desaparezca Hacienda, pero si es un ciudadano corriente, rece para que no. Sería triste que dejáramos perderse todos los avances sociales de este país por ahorrarnos unos euros.