ELENA SARRIÓN FERNÁNDEZ-DIESTRO
Al igual que el encanto del prestidigitador desaparece en gran medida cuando conocemos el truco, despojar a las palabras del equipaje emocional con que se cargan suele ser tremendamente revelador. ¿Cuántos de nosotros al escuchar la palabra «solidaridad» no pensamos inmediatamente en los proyectos humanitarios y la ayuda a los más desfavorecidos? En ese contexto la acusación de «terriblemente insolidario» dirigida a quien se opone a la inminente subida de impuestos se carga con unas connotaciones negativas que no se basan en argumento o criterio económico alguno, y sin embargo son más efectivas que cualquiera de éstos. ¿Quién en nuestros días quiere ser tachado de insolidario cuando muchos lo consideran sinónimo de egoísta o algo peor? Nada mejor, por tanto, que argumentar que se suben los impuestos «por solidaridad», confiando en que todos olvidemos el verdadero significado de esa palabra: «Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros».
Desnuda de la carga emocional, sin embargo, la palabra en cuestión pierde su efecto y el argumento del Presidente plantea tantas dudas como la utilidad de esta nueva medida económica. ¿Qué causa nos está pidiendo que apoyemos? ¿Quiénes son esos «otros» para cuya empresa nos van a subir los impuestos? Y si esos otros son, como me temo, quienes ostentan el poder, ¿por qué deberíamos solidarizarnos con ellos y rascarnos los ya maltrechos bolsillos para intentar tapar el agujero del PIB que ha creado su pésima gestión? ¿O cuando nos dicen que a pesar de la subida los impuestos seguirán siendo más bajos que en 2004 debemos olvidar que en aquel entonces el paro era muchísimo menor, no había crisis económica y España estaba diez puestos más arriba en el ranking de competitividad mundial? Sí, he dicho bien: diez puestos, porque si este último año hemos bajado cuatro, en 2006 ya habíamos bajado otros seis, y ser competitivos ante las economías extranjeras es fundamental para que aumente la productividad y se reduzca el paro.
Mientras los políticos, solidarios o no, seguirán disfrutando de unas ventajas fiscales que evitarán que les afecte la subida de impuestos, ya que independientemente del sueldo real que perciban (y que pagamos nosotros) tributarán como rentas medias o bajas, es decir, casi como mileuristas. Está claro, como dice el refrán, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo... y generalmente acaba ahí. El Presidente pide solidaridad a los ciudadanos para que paguemos su despilfarro y su mala gestión, y poder seguir así adelante con su causa aunque nos lleve a la ruina. Puestos a pedir yo también quiero que haya solidaridad, pero con los ciudadanos que a diferencia de los políticos sí sufrimos los efectos de la crisis, la tragedia del paro y la angustia de una incertidumbre económica que aumenta cada día. Sea solidario, señor presidente, con nuestra causa (que cada día está más claro que no es la suya) y antes de pedirnos más esfuerzos económicos pruebe a reducir drásticamente el gasto público empezando con las dietas y los gastos de los parlamentarios, siguiendo después con sus sueldos y finalmente renunciando a esos beneficios fiscales de los que el resto de ciudadanos carecemos, para que tributen por el dinero que realmente nos cobran. Puede seguir después renunciando a los asesores que le acompañan y que también pagamos nosotros, reduciendo la publicidad institucional o incluso eliminándola, reduciendo el gasto de todas las administraciones públicas, etcétera, etcétera. Finalmente, demuéstrenos que sabe administrar correctamente nuestro dinero (algo que hasta ahora no ha hecho) y ya después, si todas esas medidas no son suficientes, súbanos los impuestos. Pero hacerlo ahora con el único fin de saldar sus deudas y de seguir manteniendo un gasto público desmedido e innecesario no es una cuestión de solidaridad: es una tomadura de pelo.