HERMINIO HUERTA
El pasado día 15 se cumplió un año del comienzo de la crisis financiera mundial propiciada por la quiebra del cuarto banco de inversión, Lehman Brothers (se pronuncia «leman» y no «liman» como hacen muchos que, sin tener idea de inglés, le quieren dar un falso acento british). Hace unos días he visto un magnífico reportaje de la BBC titulado «Los últimos días de L. B.», que narra los sabrosos diálogos en aquellos momentos entre su presidente, Fund, y su abogado. Les recomiendo que no se lo pierdan. Volviendo al origen de la devastadora crisis financiera hay que decir que no sucedió de repente, sino que se venía larvando como consecuencia de un sistema bancario en la sombra producto de las prácticas de las propias entidades financieras para saltarse las normas y operar más allá de las regulaciones, lo que les llevó a asumir niveles de riesgo y endeudamiento difícilmente sostenibles. El objetivo de estas tropelías era engordar las cuentas de resultados y la cotización de sus acciones, y de esa manera los ejecutivos poder cobrar incentivos y sueldos de escándalo. La debacle se generó en unas fechas anteriores, cuando en la primavera de 2008 se hunde Bear and Sterns y en ese verano se declaran insolventes los gigantes hipotecarios Freddy Mac y Fannie Mae, aunque siempre, en el último momento, salió al rescate el Estado procediendo a su nacionalización. En el caso de Lehman, el Gobierno Bush decidió dar una lección a los malos administradores declarando textualmente: «Que vaya a la quiebra porque el Estado no sale siempre al rescate». El resto de la película ya lo conocen ustedes: pérdida de confianza, extensión como una mancha de aceite (el virus de la globalización) de esa desconfianza al resto de los sistemas financieros del mundo, restricción drástica de la liquidez y ayudas masivas estatales tratando de restablecer la fe en los mercados. Después vino todo lo demás: desempleo, frenazo del consumo, pinchazo inmobiliario, etcétera. ¿Fue un error dejar caer a Lehman? Algunos dicen que sí y que la Administración USA no calculó las consecuencias. Yo, sin embargo, coincido con otros analistas en que fue una medida positiva y saludable, y aunque L. B. fue el detonador, la crisis financiera era inevitable debido a esas aborrecibles prácticas fuera de las regulaciones legales. Ya les dije en anteriores artículos que en el futuro nada será igual porque los estados y sus gobernantes, así como los reguladores (BCE, FED, B. Japón, etcétera), habrán aprendido la lección de que a los mercados financieros no se les puede dejar solos. El problema en la actualidad, aparte de la lacra del desempleo, es el endeudamiento de los países debido a las ayudas públicas que han tenido que inyectar para paliar la crisis a base de emisión de deuda. Desgraciadamente, pocos somos conscientes de que esta «juerga» financiera de apoyo estatal hay que pagarla y que después de la resaca la única cura que cabe es a base de incrementar los impuestos. No descarten, amigos lectores, que esta macrodeuda pueda engendrar una segunda catástrofe financiera mundial en un futuro próximo. ¡Háganme caso y cuiden sus ahorros!