ANTONIO MASIP
¿Qué pensaríamos si Clarín hubiera firmado «La Regenta» con el seudónimo «Ramón Pérez de Ayala» o William Faulkner su cuento «Monje» como «Paul Auster»? Sería, desde luego, un prodigioso adelanto de un nombre literario, virtual dicen ahora, que se fraguaría en autor real pasados los años. Acabo de leer a X. X. Sánchez Vicente que «no existe la casualidad en política», pero ¿qué pasa con la literatura y el arte? ¿La ficción no se adelantó siempre a la realidad? ¿No es la vertebración de palabras un mero azar, un capricho, que se va repitiendo asimismo a lo largo del tiempo y que, convertido en filigrana maravillosa, es la literatura? ¿No están, como sostienen algunos, todos los escritores escribiendo a coro el mismo libro, a lo más cambiando de nombre, o de continente, o de siglo, o de lengua o de musa? La literatura sagrada lo tiene claro: se llama el libro a la vez a la Biblia, al Corán y al Segundo Testamento.
Sería mi primer año de Universidad cuando amigos donostiarras me introdujeron en Martín Santos, que rompía con lo que masticábamos entonces. De su «Tiempo de silencio» a estas alturas sobran elogios, si bien su relectura ya no me interesa ni quizá, de hacerlo, entusiasmaría. Tantos años después, sin embargo, me encuentro con una de esas carambolas que sólo se producen en la vida al roce aterciopelado de la magia narrativa. Una biografía recién publicada («Vidas y muertes de Luis Martín Santos», de José Lázaro) me entera que el seudónimo con el que se presentó «Tiempo de silencio» al premio «Pío Baroja» fue «Luis Sepúlveda». ¡En 1960! ¡En el momento en que el chileno Luis Sepúlveda, Lucho, vecino ahora de Gijón, era un adolescente de apenas 11 años! ¿Simple casualidad de un escritor, sujeto al inexorable destino, que anuncia inconscientemente a otro, tan genial como él? ¿Simple eslabón de la espiral de «oca a oca» que llegaría, con la moviola, hasta Homero y compañía y que, hacia delante, nos espera en la cara del Parnaso que aún desconocemos?
Borges perora sobre lo que inquietaba la operación cervantina de introducir «el Quijote dentro del Quijote» cuando en la segunda parte el Ingenioso Hidalgo conoce él mismo sus aventuras. Pese a esa inquietud borgiana y al ilógico quijotesco se respetaba una cierta cronología que se pone patas para arriba en el caso de Martín Santos haciéndose llamar «Luis Sepúlveda». Eso del «teatro dentro del teatro», «la ópera dentro de la ópera», «el cine por todas partes» lo desmenuzó brillantemente el cineasta ovetense Manuel Cuervo en la introducción de la actual Temporada ovetense de Ópera (LXII), platicando sobre «Ariadne auf Naxos», de Richard Strauss. Ese razonable juego de homenaje al propio medio y a otros o de saltos anacrónicos puede llegar, no obstante, a la aberración que contemplé en el «Don Carlo» del Liceu barcelonés, donde el «sueño de la condesa de Éboli» se escenifica con la venta contemporánea de «pizzas» a domicilio.
En la unión Sepúlveda/Martín Santos sin duda hay algo de fenómeno paranormal, que habría divertido al gran Alarcos. Don Emilio, junto a José Luis Mediavilla, Manolo Arce, Guelbenzu, Pepe Caballero Bonald y Juan Benito, constituyó el clarividente jurado del premio «Tigre Juan», descubridor, en el Oviedo de 1988, de «Un viejo que leía novelas de amor».
Luis Martín Santos viajó a Oviedo con el manuscrito de su novela para leérselo a Juan Benet en su casa del número 27 de la calle de Uría. Casi en la misma manzana se debatió, treinta años después, «Un viejo...» de Sepúlveda.
La prueba documental corrobora de nuevo que la literatura está concatenada, pero no porque Lucho se haya sentido lógicamente influido sino también porque Martín Santos, que no pudo leer «Un viejo...», no ha sido neutral frente al futuro que vislumbró con su texto, entonces de vanguardia, y con el guiño hacia nosotros de haber bendecido un nombre que superó a su obra por ventas y traducciones.
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