JOSÉ DE ARANGO
Me había llamado, con suficiente antelación, Miguel Cano, vecino de Lendepeña de Valdés, uno de los organizadores de las fiestas de San Juan en la solitaria ermita situada en el límite entre los concejos de Valdés y de Salas, para invitarme a una cena en su pueblo a la que iban a asistir los miembros de todo el equipo festero, así como los de San José de Gallinero, la Soledad de La Arquera y otro San Juan, el de La Rondiella, este último de Cudillero. Y entrada la noche me acerqué el otro día por las brañas de Malleza, subiendo por Gallinero, hasta la escuela de Lendepeña, donde encontré ya la parrillada a punto y un buen grupo de amigos dispuestos a la pitanza con las cuatro luces del pueblo medio iluminando los caminos y el esqueleto de la carpa de la fiesta, en madera de eucalipto, brillando por el rocío que ya empieza a ser intenso por estas hondonadas.
Exquisita costillada, buen vino y postres caseros en los que algo habrá tenido que ver Olga Alba, la mujer de Miguel y también eficaz colaboradora en la organización de las fiestas. En tanto se disponía la mesa, algunos cofrades le daban a la brisca, pero dejaron la partida empezada para continuar después de la cena. Me corresponde banco, mesa y mantel con el propio Miguel, así como con Manolo Alba, de Gallinero, y Vicente el de La Rondiella, que le vamos a tener este fin de semana, con Alsira la de Foyedo como cocinera, en un restaurante de San Martín de Luiña en las famosas fiestas de los Dolores.
Muy pronto sale a relucir el tema de los lobos. Pregunto cómo le irá a Evaristo el de Culebreo, ya que conozco un poco las pérdidas que ha tenido en sus rebaños a causa de las alimañas. Me dice Manolo que su vecino y amigo va resistiendo a base de estar muy encima del ganado, recorriendo a diario los montes donde pastan las reses y que consigue ir salvando algo, aunque las pérdidas en los últimos tiempos son cuantiosas. Y añade Alba que desde hace meses ya es frecuente oír aullar a los lobos nada más que se echa la noche encima. «Es», añade, «como si avisasen a todos estos pueblos que ya han salido de su madriguera y que comienzan a patrullar en busca de comida».
Pienso, para mi interior, que el bueno de Manolo está un poco obsesionado con los lobos. Y lo comprendo porque no hace mucho tiempo seguí muy de cerca la historia de «Rubio», un hermoso potro suyo que cayó herido por las alimañas pero siendo rescatado a tiempo y trasladado a una cabaña de Cerezal donde con la ayuda del veterinario consiguió reponerse. Pero nada más volver al monte ya no quedó de él ni siquiera el rastro porque los lobos cuando la víctima es de corta edad no dejan ni los huesos, que puede ser la prueba que identifiquen los guardas para poder cobrar una indemnización según la caótica legislación vigente en esta materia. Una legislación que está desbordada por la realidad actual y que mucho me temo que quien podía arreglarlo un poco ni está ni se le espera.
Bien superada ya la media noche, me voy despidiendo de todos los amigos no sin antes resignarme a no poder participar en una de las muchas partidas de brisca que se están ya jugando por la sencilla razón de que jamás fui capaz a disimular bien las señas que hay que dar al jefe de equipo cuando se lleva alguna carta buena. Dejo la escuela de Lendepeña, le doy a Olga las gracias por los exquisitos postres que ha elaborado para la cena y de los que di cumplida cuenta -a nadie amarga un dulce y sobre todo si es marca de la casa- y enfilo carretera arriba por el pequeño puerto que me lleva hasta tierras ya de Salas, allá por el alto de Cerezal. Cerca de la capilla de San Juan aparece, por entre la densa niebla que no deja ver un burro a tres pasos, dos yeguas seguidas de sus crías. Vienen galopando por medio de la carretera, que tampoco es lo que se dice una autopista y por aquello de no atropellar a los animales detengo el vehículo dejando espacio suficiente para que las caballerías tengan sitio para pasar.
Me sorprende que las yeguas vengan con tanta prisa porque por aquí cuando los animales están por la carretera suelen pastar tranquilamente la hierba de las cunetas y ni se inmutan ante los faros de un vehículo. Paro el motor para no asustarlas y que me rebasen el espacio suficiente para evitar accidentes. Les hablo y se detienen. No dan ni un paso más. Ni para atrás ni para adelante. Y quedan justo frente al coche. Una de ellas mueve la cabeza, la eleva y relincha. Es como un aviso de urgencia. Queda todo en silencio y allá arriba cuatro estrellas contadas en la negrura de la noche. Noche como boca de lobo.
Y de pronto me llega, desde la parte de Aguión, nítido, claro y rotundo el aullido de un lobo. Es la segunda vez que me ocurre. La primera fue no hace mucho tiempo cerca de Brañaseca de Cudillero, pero en aquella ocasión era mediodía y pude ver, al otro lado del valle, en las cercanías de La Rondiella, a un majestuoso mastín que salía a defender a sus ovejas ante la presencia de dos lobeznos que se acercaban al rebaño mientras éste huía hacia la cabaña que las cobijaba por la noche. Ya se había construido el corralito que, por lo que me cuentan, sirve para que los lobos entren a su antojo y se queden dentro con el ganado al alcance de sus colmillos.
No le di la más mínima oportunidad al lobo para que viniese a pedirme mi identidad porque rápidamente puse en marcha el coche, aceleré y con una especie de escalofrío por la espina dorsal, gané pronto el pueblo de Gallinero y ya me sentí más tranquilo porque caso de verme apurado me desviaría hasta casa de Manolo El Turbo para que saliese a tranquilizarme un poco y a defenderme, que uno es así de valiente cuando el lobo está cerca. El que suscribe no tiene vocación de Kevin Costner y no le gustaría bailar con lobos por la noche. Ni por el día. Y me recordé de una frase que acababa de oír en la cena de Lendepeña: «Esto de los lobos, si las autoridades se lo propusieran, se terminaba en un par de días». Lo comprendí mejor al encontrar a mediodía del domingo, en Casa Claudio de La Barraca, una cuadrilla de cazadores comiendo el bocadillo y con al menos una decena de escopetas al hombro. Pues eso.