MARCELINO M. GONZÁLEZ
Ahora resulta que los naturistas pueden andar por cualquier lugar como Dios los trajo al mundo. Una playa cualquiera, por ejemplo la de San Lorenzo, estás tan tranquilu leyendo LA NUEVA ESPAÑA y de repente, ¡zas!, un tío con unos michelines de la hostia que te pon les posaderes delante del focicu, o una muyer entrá en años y en to que se despatarra delante de ti enseñándote hasta la muela del pocu juicio que-y queda, o los dos juntos. ¡Hay que jodese!, pensar que haz veinte años teníen que escondese pa que no los corrieran a gorrazos y ahora los que nos tenemos que guardar somos los textiles. Hoy día a los normales llámenlos textiles. Con ello no quiero decir que los nudistas sean anormales, no. Quiero decir que lo normal ye que esta gente se ponga en pelota en los sitios que hay pa ello, y hay unos cuantos. Vamos, parezme a mí. Pero no veo lógico ni de recibu que se mezclen a propósito con la gente de bañador que está donde se trae bañador. Ye una provocación. El casu ye que se justifiquen diciendo que lo que no está expresamente prohibido por la ley está permitío. A contrario sensu, aleguen. Al menos eso dijo el otru día uno que salió en bolas por la tele, y quedó tan panchu. Pues el casu ye que la ley no trae en ningún sitiu que no pueda uno o una desnudase en la playa de Rodiles, pero porque no lo traiga no quier decir que andemos todos en pelota picá como si fuese una Sodoma cualquiera. Yo por ahí no entro. Estes modernidaes no están heches pa Duke.
Cualquiera que haya pasado por una Facultad de Derecho, e incluso algunos que no, sabe que las fuentes del Derecho son la ley, la costumbre y los principios generales de Derecho. Si la ley nada dice al respecto iremos a ver cuál es la costumbre inveterada acerca de este tema y comprobaremos que la gente anda en cueros sólo en los lugares reservados para ello, y no desde hace mucho tiempo. Querer subvertir las costumbres o, lo que es lo mismo, las normas dándoles la interpretación que a cada cual le conviene o le sale de las narices, como es el caso, es algo que convierte a un país moderno y civilizado en un patio de monipodio, como diría don Alfonso. Otra cosa es que se regule. Pero que se regule ¿cómo?, ¿en qué sentido?, ¿autorizándolo? Faltaría más. Se regularía prohibiéndolo, por supuesto. Pero es que si se hace esto habría que legislar también sobre otras prohibiciones que no vienen en la ley: prohibir por norma decir groserías o blasfemar, engañar y mentir al pueblo que te ha elegido, subirse el sueldo cuando hay una crisis y un paro que te cagas, regalar trajes a los políticos?, y así prohibiciones hasta el infinito. Tendrían que meter gente. Además, andaríamos acojonados por la calle. Cada vez que fuéramos a hacer algo tendríamos que sacar el Código de Prohibiciones para comprobar si el acto está o no. Hace tiempo, cuando cogí aquella gastroenteritis con los bífidus, les había contado que un revisor me había llamado la atención por fumar dentro del tren, y que, tras llamarle pringao, le dije que si iba a hacer caso de todos los carteles que hay por ahí pegados estaba perdido: «Beba Cocaloca», «Viaje a Tombuctú», «Compre su finca en Pola del Tordillo»? Pues imagínense lo que pasaría con tanta prohibición. No podríamos ni respirar. ¡Que no, hombre!, ¡que no!.
Concluyendo. Que esti mundo está al revés, permiten verdaderes locures, como que ésos que están mal hasta con traje y corbata se pongan en traje de Adán en cualquier lao (¡qué horror!); que se gasten en futbolistas lo que no está escrito, y luego no nos dejen torcer ni a la derecha ni a la izquierda. Pues eso, to de frente. Y cada uno y cada una que haga lo que-y salga de los cataplines, o de las cataplinas. ¡País!