JOSÉ LUIS POYAL
De nuevo se reunirán, esta vez en Pittsburgh, los integrantes del G-20, acudiendo Rodríguez Zapatero como invitado, para acordar planes de lucha contra la crisis. La experiencia de otras conferencias indica que los resultados serán mínimos y poco más que un lavado de cara de los dirigentes frente a los sufridos ciudadanos.
En el comunicado del reciente encuentro en Bruselas de los jefes de estado y gobierno de la UE, la recomendación generalizada insiste en evitar la escalada de los déficits, la deuda pública y la sostenibilidad fiscal. Aquí, ahora mismo, estamos en vísperas de la mayor subida fiscal de los últimas décadas, el 1,5% del PIB, 16.000 millones de euros. A falta de concretar, todos los anuncios pasan por un aumento del IVA, del IRPF, rentas del ahorro, impuestos especiales, y un abanico indeterminado de impuestos ecológicos a cuenta de la próxima ley de economía sostenible.
Los diagnósticos aparecen cada día con tintes más sombríos. El último, elaborado por el UBS, prevé que la economía española seguirá en recesión hasta 2011, que la tasa de paro superará el 20% al menos en 2010 y que se mantendrá entorno al 15% en la próxima década. Apostando por una rebaja de los salarios reales para recuperar competitividad, si no hay reforma laboral, los mileuristas se convertirán en «ochocientoseuristas». Lo que faltaba.
La subida de impuestos puede suponer un respiro temporal de la caja pública, pero al final agudiza la recesión al disminuir el consumo, la inversión y el ahorro, lo cual aumenta el paro.
No es atribuible a Zapatero la crisis, pero sí es responsable de no haber efectuado un diagnóstico acertado a tiempo y sustituir medidas estructurales por paliativos y cataplasmas. Un editorial de «El País» recordaba a Zapatero que no es lo mismo «medidas populistas que política social». Detener el paro es condición necesaria para el bienestar social y también para sanear las cuentas públicas.
Lo peor no ha pasado. Todo lo contrario. Los analistas avisan de que la prolongación de la recesión puede hacer estallar episodios de fuerte tensión. Las manifestaciones de Cayo Lara animando a movilizaciones contra Zapatero y anunciando un «otoño caliente» sirven de cumplida referencia.
A nivel general, las persistencias de las crisis, el miedo a perder el empleo, los escándalos de los administradores, el convencimiento de que los gobiernos no tienen o no aplican soluciones proporcionan el mejor caldo de cultivo para la furia social y el populismo radical, de derechas o izquierdas. Lo acaba de recordar Fernando García de Cortázar.