FRANCISCO SÁNCHEZ
Todos los años, por estas fechas y con ocasión del inicio del curso escolar, suele haber voces que reclaman un cambio en el sistema educativo. Este año parece que el número de ellas se ha incrementado y su tono se ha elevado significativamente. Es que los resultados del sistema educativo en España son bastante pobres, según indican los organismos internacionales que se dedican a eso.
Lo curioso es que, por cambios, que no quede. Desde la transición hasta ahora no ha habido gobierno que no haya aprobado su propia ley de educación. Todas esas leyes han tenido sus correspondientes siglas cabalísticas. Así, se han sucedido la LODE, la LOGSE, la LOPEG, la LOCE y la LOE -¡toma castaña!-, todas y cada una ellas adobadas con una infinidad de otras normas menores en una maraña indescifrable. Y más curioso es todavía que esas leyes no son más que pequeñas modificaciones de la primera de todas, que es la LODE. Vamos, que lo único que cambian de verdad es el nombre de la ley. Y ahí es donde está el problema.
Los nuevos conversos a la democracia quisieron borrar todo lo que sonara a franquismo, incluido su sistema educativo. Lo que parece que ignoraban es que, con algunos retoques, el sistema educativo de la dictadura era el mismo de la II República, que a su vez era una continuación de la ley que impulsó Claudio Moyano, en 1856, sobre el proyecto de Alonso Martínez, del año anterior.
Con la LODE, de 1985, se miraba más al sistema anglosajón que al francés, que fue el espejo de nuestro sistema educativo histórico. Con ello se quisieron superar los métodos tradicionales de educación, pero sin adoptar otros revolucionarios, como los de Antón Makárenko. En su lugar, quedaron todos prendados del método idealista de María Montessori, sin darse cuenta de que esta pedagoga contó con el beneplácito y el apoyo del régimen fascista italiano de Mussolini.
De modo que se retiraron las tarimas, se suprimió el don y el usted, se vació de autoridad a los maestros, se denostó el ejercicio de la memoria, se sustituyó el aprendizaje de la geografía y la historia universal por los riachuelos y las gestas locales, se permitió que los muchachos pasaran de un curso a otro en una perfecta y virginal ignorancia, y se hicieron las mil y una perrerías más que usted conoce. Eso sí, todo ello se hizo invocando derechos, libertades, valores, implicaciones, y un sinfín de palabras grandilocuentes y vacías.
Es necesario un cambio, sí, pero no del nombre de la ley. Hay que conseguir que la educación se funde en los pilares de la instrucción y la disciplina, como decía Kant. Lo demás son tonterías.