JAVIER MORÁN
Entre unas y otras marejadas que azotan al puerto de El Musel, se nos había olvidado que podían acaecer períodos de calma, pero ayer se sosegaron un poco las tribulaciones de las autoridades regionales y portuarias y fue entregada la parcela ganada a la mar para el desarrollo de la regasificadora.
Al margen de otras consideraciones que ahora trataremos, dicha entrega constituye una de las pocas noticias positivas de este «annus horribilis» del puerto gijonés. A saber: caída importante de tráficos; confirmación de la desviación presupuestaria de las obras e indicios de que la UE no soltará más caudales; suspensión definitiva de la construcción de una planta de biodiésel, etcétera (este «etcétera» no es retórico: el año anterior falló por completo el proyecto de levantar aerogeneradores en los diques portuarios).
Pues bien, a la espera de que se inaugure la autopista del mar con Francia, esto de la regasificadora es lo único que parece discurrir con un relativo viento en popa. Relativo porque en el conjunto del futuro energético de Asturias todavía siguen taponadas -y parece que va para largo- las posibles líneas de evacuación eléctrica, o sea, Soto-Penagos y Lada-Velilla.
Por otra parte, grande fue ayer la insistencia de los mandatarios de Enagás en que la seguridad de los tanques de la regasificadora es total. Así será, pero ese no es el punto débil de este tipo de instalaciones, sino los procesos de descarga de los buques metaneros o las conducciones por gasoductos. En el caso de los barcos, y si mal no recordamos, los americanos de EE UU tienen normas rígidas que obligan al atraque y descarga -mediante diques y conducciones flotantes- en lugares distantes del propio puerto y de los núcleos habitados.
No obstante, hemos de suponer que han concurrido doctos especialistas para supervisar y autorizar las instalaciones en El Musel, y por ello no vamos a aguarle el festejo de ayer al presidente Álvarez Areces, que según los presentes estuvo exultante de gozo.