FERNANDO GRANDA
Los intransigentes han existido siempre. Por eso ha habido y hay tantas guerras a lo largo de la historia. Son los que no permiten que haya quien piense de forma distinta, que discrepe en ideas. Entre los casos más irritantes y universales de los últimos tiempos se pueden citar tantos? el apartheid, los jemeres rojos de Camboya, la masacre de Srebrenica o los desmanes del Ku Klux Klan? Sin embargo parecen ya casos lejanos. La democracia, a duras penas, se va abriendo camino en el mundo. Desde la caída de Hitler y el nazismo ha habido horrorosas y criminales dictaduras de ambos extremos ideológicos, pero parece que ahora la democracia llega cada vez a más países. Por eso se me ocurre comentar algunos retrocesos.
En un país tan respetado como Suiza, con una democracia formal muy antigua, se convoca un referéndum para intentar prohibir en la constitución que las mezquitas tengan minaretes. El próximo 29 de noviembre los helvéticos están citados a las urnas para decidir sobre una propuesta presentada hace dos años contra la «islamización rampante» en la sociedad suiza. Las torres de los centros religiosos musulmanes no son parte de un arte religioso para los contrarios a su construcción sino «un signo de dominación política y de voluntad de poder». Claro que en esa sociedad mayoritariamente calvinista, muy rigurosa, no es nuevo el conflicto con los símbolos religiosos, pues en tiempos ya hubo oposición a la construcción de campanarios en los templos católicos.
Y si en la Confederación Helvética llevan a votación ese «problema», en otro país con minorías menos tolerantes como es Israel la discriminación llega a los autobuses, igual que en los pasados tiempos de la segregación racial en algunos estados del sur norteamericano. En las llamadas líneas «mehadrin» las mujeres viajan apiñadas atrás mientras los hombres van en los asientos delanteros. Cuando llega el autobús, los hombres suben por la puerta delantera y se sientan en los mejores bancos del vehículo, mientras las mujeres entran por la puerta trasera y ocupan los asientos de la mitad para atrás. Y esto no ocurre solamente en el barrio ultraortodoxo de Jerusalén, sino en medio centenar de líneas que recorren el país. Intelectuales, feministas y asociaciones antidiscriminación protestan desde hace tiempo. El Ministerio de Transportes dice que está estudiando la situación, pero hasta ahora rehúsa pronunciarse. Los intransigentes, los ultraortodoxos «haredim» solamente son un 15 por ciento de la población.
Unos kilómetros al sur, en los territorios «gobernados» por Hamas, las muchachas han de llevar la cabeza tapada para poder acudir al colegio y la que se niegue no entra a clase. En Sudán, la periodista Hubna Husein fue condenada a cárcel hace unos días por llevar pantalones. Otras decenas de miles de mujeres sudanesas fueron condenadas en 2008 por lo mismo, «indecencia» en el vestir. Claro que allí no presumen de democracia, ni en China, Irán o Cuba. Lo más que se acercan es a tolerancia, esa palabra que antes significaba «capacidad de aceptación de un fármaco» en el sentido médico o «permiso» en sentido ideológico. (¿Se acuerdan de aquellas películas «Toleradas para menores»?) y ahora se usa para hablar de sentido democrático. ¡Y la emplean muchos demócratas!