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Ni sargentos chusqueros ni bufones

n Sobre la absurda polémica en torno al profesorado y la incapacidad manifiesta de los políticos para comprender la enseñanza

 
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Ni sargentos chusqueros ni bufones
Ni sargentos chusqueros ni bufones  

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES Doña Esperanza Aguirre, otrora ministra de Educación, de la que recordamos tremendos gazapos, así como una nula voluntad de reformar la LOGSE, sale a la palestra a proponer que el profesorado tenga el estatuto de agente de la autoridad. Por su parte, algunas que otras cabezas pensantes de las izquierdas emancipadoras que nos gobiernan nos deleitan con su abaratada jerigonza. Hay que «educar en valores», no vale lo coercitivo, y todo es maravillosamente guay.

Si algo demuestra esta nueva escandalera es la incapacidad manifiesta de nuestros políticos para comprender los graves problemas que tiene planteados la enseñanza. Queremos ser respetados y no temidos. Nos reclamamos docentes y no bufones. Exigimos ser tomados en consideración también en la medida en que se conceda importancia a lo que representamos en tanto transmisores y evaluadores de conocimientos. Y reivindicamos que se nos garantice desarrollar nuestro trabajo en condiciones mínimamente dignas. Que no se hable de convivencia cuando la expulsión de un alumno que decide reventar la clase está proscrita, o, en todo caso, no va más allá de unos minutos de comparecencia ante la autoridad educativa del centro, que lo reenvía al aula para mayor escarnio del docente y de sus compañeros de grupo.

¡Qué paradójico resulta que doña Esperanza Aguirre se erija en la gran defensora del profesorado, cuando, siendo ministra, no demostró precisamente veneración al conocimiento y cuando no se caracteriza en modo alguno por defender lo público! ¡Qué insultante resulta que desde la izquierda realmente «inexistente» se hable de «educación en valores» cuando tienen relegado el esfuerzo que el aprendizaje conlleva y cuando aplauden que se pueda atentar contra los derechos de los docentes y también del alumnado! ¡Qué irritante resulta, de otro lado, que el metafísico ministro de Educación hable de diálogo y de pacto educativo y no tenga a bien ni siquiera conocer lo que el profesorado piensa del estado de la cuestión en que se encuentra la enseñanza!

«Educar en valores». ¿En qué valores? ¿En aquellos que consisten en aprobar sin saber y en pasar de curso con un montón de materias pendientes? ¿En que no tenga consecuencias lesionar los derechos de otros? ¿En prolongar los mundos de Yupi hasta que el mercado laboral pone las cosas en su sitio, exigiendo y seleccionando, y entonces el chasco de la alegre muchachada es mayúsculo?

¿No puede darse cuenta doña Esperanza de que, en tanto animales escénicos que somos, el respeto a nuestra profesión sólo puede y debe venir dado por la convicción generalizada de que es de todo punto necesario adquirir conocimientos y que para ello nuestro trabajo resulta imprescindible?

La LOGSE fue un auténtico estropicio, sin duda, pero el PP en ocho años de Gobierno no la cambió; sólo al final del «aznarato» doña Pilar del Castillo intentó poner algunos parches, aprovechando de paso para colar que la religión católica fuese materia evaluable y obligatoria en un Estado que, según parece, se define aconfesional.

El PSOE sigue negándose a reconocer el fracaso de un sistema de enseñanza nefasto que nos llevó al furgón de cola de Europa, según viene atestiguando el Informe Pisa. El PSOE, a pesar de declararse de izquierdas, continúa apostando por un sistema de enseñanza que, al ser de tan baja calidad, contribuye a perpetuar las desigualdades. ¿O es que ignoran también que para evitar que sus hijos tengan que soportar que las clases pueden ser reventadas quienes tienen dinero los envían a la enseñanza privada?

En una sociedad en la que es posible ser ricos y famosos desde la ignorancia más insufrible, en una sociedad que tiene orillado el esfuerzo en la enseñanza, ¿cómo puede esperarse que haya respeto hacia la profesión docente? Ése es el mayor problema: representamos algo que viene sufriendo un desprestigio nada inocente.

¿Es pedir lo imposible que se legisle que no se pueda reventar el desarrollo de una clase sin que eso tenga consecuencias? ¿Es pedir lo imposible que haya un grado de exigencia mínimo en los distintos niveles de enseñanza que nos saquen del furgón de cola europeo? ¿Es pedir lo imposible que los políticos de unas y otras siglas sean capaces de comprender lo obvio? Por ejemplo, la disciplina, que, como tengo dicho repetidas veces, tiene que ver etimológicamente con discípulo, no debe confundirse con actitudes chusqueras, y, por su parte, las luminarias logseras, como el señor Marchesi, ya es hora de que se vayan percatando de que cuanto más alto sea el grado de preparación, no sólo ganará enteros la lucha contra la desigualdad, sino que además la futura vida profesional del alumnado podrá encararse mucho mejor.

Mire, doña Esperanza, resulta atroz pensar en los traumas que se pueden sufrir en la infancia y en la adolescencia a resultas del temor que pueden inspirar actitudes chusqueras en las aulas. Mire, señor Marchesi, sostener a estas alturas que se puede aprender sin esfuerzo, que se puede aprobar sin saber y, de paso, que se puede humillar a la persona que da clase, no sólo supone algo que insulta a la inteligencia, sino que además conlleva lastres que, a la larga, no serían menos lesivos que los traumas por una educación autoritaria basada en el temor.

Azaña dejó escrito en su novela «El jardín de los frailes» que «alicortar la ambición intelectual parecía el supuesto de los estudios». Nadie podría esperarse que, pasado el tiempo, hubiera eminencias declaradas socialistas y de izquierdas que suscribiesen de facto el objetivo de los frailes agustinos con los que estudió don Manuel. Nadie podría esperarse tampoco que una izquierda que busca la emancipación de los más desfavorecidos promoviese la ignorancia y la demagogia contra el saber y contra el rigor.

Tenemos, de un lado, a doña Esperanza, que quiere hacer de nosotros sargentos chusqueros, y, de otro lado, contamos con una izquierda realmente «inexistente» que, desde el felipismo a esta parte, apuesta por un sistema de enseñanza que fomenta futuros ciudadanos ágrafos y nada críticos.

Y en medio de todo ello estamos nosotros, que no queremos ser ni sargentos chusqueros ni tampoco bufones, o, lo que es peor, profesionales que deben resignarse a recibir agresiones, y no siempre retóricas, de los unos y los otros, víctimas propiciatorias de la demagogia, de la ignorancia y de la estulticia.

¡Ya está bien!

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