JAVIER NEIRA
Francia es tan fascinante como temible en su condición de último país soviético de Occidente, condición que le da un enorme atractivo siquiera para la teratología política y al tiempo mete miedo al más pintado. La última prueba es el juicio que ayer empezó en París contra Villepin, acusado de inventar pruebas allá por 2004 contra Sarkozy y así sacarlo de la carrera por la sucesión de Chirac. Entonces Villepin era primer ministro y Sarkozy su ministro del Interior.
Sarkozy iba -creo que ahora ya no tanto- de hijo amado de Chirac y Villepin, de colaborador estrechísimo. Pues bien, como si morasen en lo más hondo del Kremlin, se desataron mañas típicamente estalinistas.
No sobra recordar que Villepin, el acusado, es un «enarca» -élite entre las élites francesas- de la promoción «Voltaire», nacido, atención, en Marruecos y especialista en Napoleón. Por cierto, otro primer ministro, Bérégovoy -en este caso socialista-, se pegó un tiro, o se lo pegaron, al descubrirse un préstamo que un mafioso íntimo del presidente Mitterrand le había dado ¡sin intereses!
Tal que si viviese en el paraíso de los soviet Villepin se defendió ayer intentando ideologizar el caso: se considera proto preso político.
Choca que Sarkozy, que a estas alturas nada debe temer de Villepin y que efectivamente no consiguió hacerle daño con el montaje -si es que Villepin formaba parte de la trama-, insista ahora en la denuncia contra el ex primer ministro. Quizá busque un escarmiento ejemplar como aviso a navegantes para que nadie lo vuelva a intentar sin causa y menos con ella.
El caso es que la cúpula de Francia aparece como un nido de víboras enredadas en complejas conspiraciones estalinistas. ¿Se imaginan a Aznar preparando, en su día, un dossier falso para meter en la cárcel a Mayor Oreja o a Zapatero haciendo eso mismo contra Rubalcaba? No, pero los españoles tenemos tal complejo de inferioridad que aún miramos a Francia con admiración.