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Intelectuales y científicos

n Resulta lamentable observar la actitud «facilona» de «intelectuales» que ocultan sus carencias detrás del desprecio de lo que ignoran

 
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Intelectuales y científicos
Intelectuales y científicos  

JOAQUÍN DÍAZ ALONSO CATEDRÁTICO DE FÍSICA TEÓRICA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO En unas declaraciones públicas realizadas a principios de este verano, un intelectual (escritor, por más señas, y director de la «Semana negra» de Gijón) tuvo a bien descalificar el nivel de otro intelectual (científico, por más señas, y rector de la Universidad de Oviedo). Dado que, posteriormente, el escritor presentó disculpas públicas (bien es verdad algo forzadas), consideró oportuno el rector dar por cerrado el incidente. Sin embargo, estos hechos sugieren una reflexión acerca de un problema de mayor alcance, como es el de la imagen que la ciencia, en tanto que actividad intelectual, y los científicos, como intelectuales, proyectan en la sociedad en general y en el mundo de la «cultura» en particular.

El término «intelectual», tanto en su acepción de actividad humana como de calificativo aplicado a personas, carece, en el lenguaje actual, de un significado único y preciso. Aunque, a menudo, se incluye en ese cajón de sastre una multitud de contenidos sin una relación clara entre sí, voy a ceñirme aquí a un uso concreto de esa palabra, entendida en referencia a aquellas actividades de reflexión relacionadas con la adquisición, el disfrute o la generación de conocimiento, con el análisis o la comprensión de fenómenos o aspectos de la «realidad» y con la creación o transmisión de obras o ideas, todo ello en un sentido amplio. Esta definición contiene ya una diversidad enorme que convendría clasificar. De modo simplista (aunque aceptable para la finalidad que nos ocupa) podríamos utilizar para ello algunas categorías no excluyentes.

La primera abarcaría las actividades que se relacionan con la creación artística (literatura, música, artes plásticas, etcétera). La segunda, intelectual por excelencia, concierne la reflexión y la creación en lo que se ha dado en llamar «ciencias humanas» (historia, antropología, los distintos campos de interés de la filosofía, etcétera). En una tercera categoría habría que incluir las actividades científicas y técnicas. Evidentemente, las fronteras entre estas diferentes categorías son, a veces, imprecisas y muchas actividades cabrían en más de una.

El intelectual del Renacimiento perseguía un ideal humanista y se esforzaba en alcanzar formación y capacidad creadora en todos los campos, entre los cuales no establecía fronteras estrictas. Por desgracia, no es posible hoy mantener este ideal, abordando en profundidad todos los sectores del conocimiento. El saber actual es un fenómeno social y colectivo, que sobrepasa las capacidades de los individuos. Pero, dejando de lado su utilidad práctica, es humanamente inútil si no sirve para generar una visión global de la realidad (una «cultura», en suma) accesible a la mayoría. Pienso que es una de las tareas del intelectual el buscar síntesis del saber, generando cultura. Para ello, más allá de la especialización inevitable, debe poseer conocimientos básicos en diversos campos, esenciales para acceder a las claves de una visión sintética del mundo. Es evidente que no se puede alcanzar tal visión sin tener en cuenta resultados fundamentales de la ciencia y la tecnología contemporáneas. Conocimientos sobre la estructura de la materia, las bases genéticas de la vida, la «geografía» del universo que nos rodea o los fundamentos de la generación y la transmisión de señales e información son necesarios para una comprensión correcta y actualizada de la realidad y deberían formar parte del bagaje cultural de cualquier pensador de hoy. Resulta lamentable observar la actitud «facilona» de algunos «intelectuales» que ocultan sus carencias en esos dominios detrás del desprecio de lo mucho que ignoran.

En nuestra apreciación de la actividad del intelectual cabe hacer una distinción entre esa «erudición» de la que venimos hablando y la acción de crear. Más allá de la necesaria riqueza de conocimientos, es la calidad de sus creaciones lo que mejor define el nivel de un intelectual.

¿Qué decir, en este sentido, de las actividades científicas y técnicas? Dejando de lado sus aplicaciones, de las que todos nos servimos y que han moldeado (para bien y para mal) el mundo contemporáneo, tratemos de analizar las vertientes creativas y culturales en estos campos.

La creación científica y técnica difiere de la creación artística en un aspecto esencial. Esta última goza de «libertad», y ahí radican, con frecuencia, su grandeza y su miseria. Aquélla viene siempre obligada por una lógica y una realidad experimental, que la aprueban o la invalidan, lo que le confiere la aspiración de alcanzar una descripción «objetiva» de esa realidad. La obra de arte busca la satisfacción de criterios y aspiraciones estéticas, la expresión de sentimientos humanos y descripciones subjetivas. Pero no por ello la creatividad y la belleza son patrimonio exclusivo de las artes. Cualquiera que supere las barreras necesarias para captar el significado de muchas construcciones científicas y técnicas podrá testimoniar del nivel de creatividad la sutileza, el rigor de las ideas y el valor estético desarrollados en estos ámbitos, que superan en grado, en muchos casos, a las que entran en juego en otras actividades intelectuales. En todos estos sentidos la actividad científica es intelectual por esencia y su nivel debe medirse por la calidad de su contribución a la generación de conocimiento.

En lo cultural, ocurre que el científico, para la sociedad, aparece como un intelectual «lejano», en razón de esas barreras que hay que franquear para captar el fondo de muchas de sus construcciones.

No obstante, la apreciación del valor, del interés y del significado de la mayoría de los resultados científicos importantes está al alcance de los aficionados con el grado de curiosidad suficiente. Puede alcanzarse mediante la lectura de obras y artículos de divulgación de calidad, que transmiten lo esencial de esas ideas al lector no especializado. Otra cosa es la evaluación «técnica» de una producción científica, que requiere un grado de formación adecuado al caso.

Pero, aunque ese tipo de evaluación esté reservado a especialistas, son de todos conocidos los criterios que utiliza: valoración de las publicaciones en revistas profesionales de calidad, basadas en resultados de investigaciones llevadas a cabo y que, previamente, han pasado por la censura de otros especialistas; nivel de citación de los trabajos publicados; formación de nuevos investigadores; creación de equipos de investigación; patentes depositadas; etcétera.

Volviendo a la historia que dio lugar a estos comentarios, parece ahora evidente que la apreciación del nivel intelectual del rector por parte del escritor raya en lo ridículo. Y ello por dos razones. En primer lugar, en el caso del rector, su nivel científico (y, por ende, intelectual) está más allá de toda duda. Está en posesión de un currículum que, en cuanto a publicaciones y citas, formación de otros investigadores, creación de equipo, patentes etcétera, cuenta entre los mejores de su especialidad. En segundo lugar, parece claro que el escritor no solamente es incompetente para realizar este tipo de evaluación, sino que ni siquiera es capaz de imaginar el significado, el grado de creatividad, el valor estético o el interés de las aportaciones de la actividad intelectual del rector. Me temo que, al menos en esta ocasión, el escritor perdió una excelente oportunidad para quedarse callado.

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