JAVIER NEIRA
Todas las miradas están puestas en Honduras, donde hace tiempo que la opinión pública internacional dictó sentencia.
Apenas cuatro gatos intentaron argumentar en su día contra la marea dominante. La verdad es que Zelaya fue expulsado de su país por intentar dar un golpe de Estado blanco y multiplicar anticonstitucionalmente sus mandatos. Lo condenaron el Parlamento, los jueces, su propio partido, y los militares lo pusieron en la frontera; pero la opinión pública global decidió que había sido víctima de un hatajo de fascistas. Ni siquiera contó recordar que en el rancho de Zelaya padre se produjo en su día una masacre de campesinos pobres que figura en lugar destacado dentro de los sucesos más negros de la Latinoamérica contemporánea.
¿Por qué todo el mundo se orientó al instante contra la lógica y de una forma abrumadora?
Es imprescindible considerar este embrollo -y prácticamente todos- como un pugna de intereses internacionales.
En Latinoamérica, tradicional patio trasero de EE UU, también actúan -y crecientemente- otras potencias. No hay que ser un lince para ver, por ejemplo, que detrás de toda aquella comedia tipo Fu Man Chú del subcomandante Marcos estaba más que probablemente alguna potencia de este lado del Atlántico. Y así mil casos más.
Mismamente todo el movimiento bolivariano, pura opereta con rumbo a tragedia, es inverosímil sin el apoyo de Francia, Alemania, Rusia o China. O de las cuatro juntas.
La novedad de lo que está ocurriendo en Honduras es Obama, en parte proclive a la rendición preventiva, en parte preocupado por la imagen exterior de los EE UU y en parte persuadido de las posibilidades mágicas del diálogo en la línea de uno que yo me sé.
Lo peor del caso es que a España estas pugnas la cogen en casa ajena y terreno de nadie porque los europeos quieren, aun menos que los yanquis, ver por allí a nuestras multinacionales.