ANTONIO OCHOA
Si yo fuera el príncipe encantado de un país de cuento y supiera que iba a acabar convertido en ratón tarde o temprano, promovería fervientemente las fábricas de queso y prohibiría tajantemente los gatos. ¿Ustedes no? Y es que la necesidad de asegurarse el futuro está firmemente grabada en los genes humanos. De hecho, leí hace tiempo en un estudio antropológico que la diferencia fundamental entre la inteligencia humana y la de otros animales que utilizan herramientas es que ellos las usan y las tiran y nosotros las guardamos para otra ocasión. Existe una correlación clara entre el nivel de vida y la distancia en el tiempo en que se tiene pensado gastar el dinero que se está ganando hoy. La gente más pobre del planeta trabaja para el pasado, no para satisfacer el apetito de ahora, sino el hambre atrasada. Vivir el presente sería para ellos una bendición. Luego, según se va subiendo en el escalafón, se va pensando en un futuro cada vez más lejano, en unos ahorrillos a fin de mes, unas vacaciones al año, un pisito dentro de varios años, la jubilación, el futuro de los hijos, el de los nietos, el de todos los descendientes hasta el fin del mundo y algunos, incluso, en la vida eterna. El cerebro humano está irremisiblemente orientado al futuro.
De hecho, se puede adivinar lo que una persona hará hoy en una situación conociendo sus planes para el mañana. Tanto las empresas que fabrican paracaídas, por ejemplo, como los saltadores que los utilizan los revisan con cuidado, pero uno puede estar seguro de que los segundos lo hacen con muuuuucho más cuidado. Así es en todos los ámbitos de la vida, incluida la política. Por eso me sorprendió que, cuando algunos antiguos responsables del PSOE abandonaron su escaño, se pusiera más énfasis en su presente (¿por qué ahora?) que en su futuro (¿adónde van?). No olvidemos que esta gente es la responsable del mantenimiento de la sanidad y las pensiones, paracaídas que todos necesitaremos tarde o temprano, y me parece muy importante saber si, cuando los revisan, se sienten simples empleados de la empresa vendedora o futuros saltadores como nosotros.
Sí, es importante saber si hay otra vida después de la política y si en esa vida serán de carne mortal como los ciudadanos de a pie o de carne celestial como los privilegiados de a caballo. Y es que ahora mismo hay muchos conflictos como el que enfrenta a las empresas eléctricas y a las mineras, con los trabajadores como principales víctimas. Es probable que dirigentes políticos y sindicales entren a mediar y convendría tener claro de qué depende el futuro al que aspiran esos árbitros. Porque en el pasado hemos visto cómo algunos pasaban de los sindicatos a la política y otros de la política a los consejos de administración de empresas eléctricas o mineras, pero yo no recuerdo a ninguno que pasara (o volviera) a trabajar dentro la mina. Son vendedores, pues, no paracaidistas y, mientras conserven el chollo, les importará un bledo si el paracaídas se abre a tiempo o no.
Sepamos a qué atenernos. Si fuera usted un diputado encantado en un principado de cuento y supiera que iba a acabar convertido en asesor de una empresa privada, ¿favorecería a los queseros o a los gatos?, quiero decir, ¿favorecería a las empresas o a los trabajadores?