ESTEBAN GRECIET
En el penúltimo número de «Esta Hora», órgano del Arzobispado de Oviedo, encuentro una noticia de interés y a la vez preocupante para los católicos, aunque prometedora para el Gobierno zapateril. Dice lo siguiente: «El curso 2009-2010 en el Seminario Metropolitano de Oviedo pasará a la historia diocesana como el año académico en que menos seminaristas mayores se incorporaron al centro en las últimas décadas?».
Párrafo que presagia claramente la escasez de nuevos seminaristas mayores, aunque uno quiere creer que serán por lo menos dos, puesto que el predicado es plural. No obstante, a renglón seguido, la cruda realidad es más bien singular, «al esperarse», dice, «que solamente sea un joven el que comience a realizar los cursos de estudios eclesiásticos».
No sé si cuando salga este comentario seguirán vigentes tan exiguas previsiones, porque la vida nos enseña que poco hay firme bajo nuestros pies y que todo puede empeorar. Así queda confirmado por el descenso de la información hacia la nada: «Aun así, esta nueva incorporación no está definitivamente confirmada, con lo que el año podía iniciarse sin nuevas altas». Ya el titular nos alertaba, con un sospechoso adverbio, de que el Seminario «recibirá, probablemente, un solo seminarista».
Pero, bueno, ¿dónde está ese joven dubitativo, ese mirlo blanco (o negro o amarillo, da igual) para exigirle que no nos haga la faena de volver la vista atrás después de poner la mano en el arado?
Es decir, que vamos a tener un nuevo seminarista mayor? o no vamos a tener ninguno. A estas alturas, en cuestión de seminaristas mayores, no contamos con otra cosa que un aspirante probable, pero no seguro. Como si dijéramos un seminarista virtual. Tremendo.
Tratemos, pues, los que deseamos seguir como cristianos de conservar al menos lo que parece «probablemente» seguro: los diez alumnos mayores y ocho menores con los que cuenta de antes el Seminario ovetense. Ésos, que no nos los toquen más porque constituyen, según confiesa el boletín, «las cotas más bajas de la historia del centro». No será difícil que haya más profesores que alumnos.
Familia, escuela y parroquia tienen mucho que decir, mas sin bajar el listón (una hoja diocesana mostraba su satisfacción hace unos años porque, según su gran titular de portada: «El 85 por ciento de los catequistas va a misa»).
Excúsenme este desenfadado tratamiento de un problema grave para los católicos en tiempos de aflicción (anticlericalismo, hedonismo y decadencia, atizados por un zapaterismo beligerante) que, de cualquier manera, abordará el sínodo si, como cabe esperar, el prelado que venga decide su continuidad. Por cierto, no deja de ser curioso que la última edición de la aludida «Esta Hora» publique destacado un comentario de don Jesús Sáenz, obispo de Huesca.