JAVIER MORÁN
Desde la parroquia de Cabueñes, donde se celebran los Encuentros de Juventud Kbuñs09, llegan serios murmullos de que allí se habla de cambiar el mundo. Serios pero confusos murmullos. ¿Qué cambio? ¿Qué mundo? La ministra Aído puso pórtico al asunto y habló de cambiar el modelo especulativo causante de la actual postración económica, en la que los jóvenes están resultando la principal víctima, según brindis a la galería por parte de la mandataria.
Es decir, ahora que no nos va bien hay que cambiar el mundo, pese a que venimos de una década de inconsciencia y fe ciega en un crecimiento de la economía que se creía ilimitado y que, a fuerza de ser más especulativo, más se agrandaba.
Huida hacia adelante: a salir del trance presente lo llaman cambiar el mundo.
A continuación, tomamos el programa de Kbuñs09 y vemos que los cauces propuestos son los enunciados regularmente en la última década: el nuevo urbanismo, la participación ciudadana, las redes de internet, etcétera. Ciudades más armónicas, con coches eléctricos y más verde, cambiarán el mundo; mayor intervención de los individuos en la cosa pública cambiará el mundo; Facebook, los blogs, o un propio que recoge con su teléfono móvil el ahorcamiento de Saddam Hussein, cambiarán el mundo.
Ya decimos que todo muy vaporoso. Y muy repetido. Seamos honestos: nadie tiene ni puñetera idea de cómo cambiar el mundo, lo que nos conduce a la antigua resignación estoica según la idea de Panecio: «Debe perecer el individuo para que exista el Todo». Claro que el viejo Marx sí tuvo media idea: «Los filósofos han pretendido conocer el mundo, pero de lo que se trata es de cambiarlo». Sin embargo, cuando la aventura práctica del marxismo finalizó, alguien dijo: «¡Coño!, nos hemos empeñado en cambiar el mundo, pero lo que había que haber hecho es conocerlo».