CELSA DÍAZ ALONSO
«Fantasmas de memoria, pues, son los que aquí están siendo convocados. No para un exorcismo, sino para que mediante su recuerdo y reconocimiento, se produzca al menos una reparación simbólica de lo silenciado y, por tanto, reprimido».
Este texto forma parte de la declaración de intenciones de la exposición titulada «El pasado en el presente y lo propio en lo ajeno», que puede verse en Laboral Centro de Arte, y la sorpresa del espectador es mayúscula cuando encuentra dos instalaciones que hacen referencia al idioma asturiano.
Vamos a ver si me aclaro: la misma Administración que condena a muerte nuestra lengua por lo que parece una inexplicable pataleta de adolescente caprichoso, entra de vez en cuando en éxtasis sentimental y se erige en la buena madre que ofrece a sus descastados y olvidadizos hijos un espacio físico y temporal de reflexión sobre aquello que, en su inconsciencia, maltratan y silencian.
Esto es sólo un pequeño ejemplo de que la hipocresía más descarada campea por sus anchas en la vida pública, a todos los niveles y en todos los sectores, bien aderezada con el cada vez más baboso peloteo de acólitos de confianza y deudores varios. Alguno debe haber, sin embargo, que a pesar de sus titánicos esfuerzos por comprar voluntades no consigue que el personal llegue al grado de lisonja exigible. No se explica sino la fanfarronería del mandatario italiano, tan zafio él, autoproclamándose el mejor gobernante que ha habido en la historia de su país (todos sabemos que Italia anda servida de políticos mangantes, pero así y todo?).
Que siempre hubo aduladores profesionales que no dudaron en soltar por boca, pincel, pluma o cincel perlas de loa y alabanza sin cuento al prócer de turno es un hecho incontestable, pero a diferencia del príncipe renacentista o el soberano absoluto, clásica imagen del gobernante poderoso y justo, en estos tiempos que corren se exige aparecer como vanguardia de las virtudes progresistas: tolerancia, solidaridad, equidad (que no viene de equino, aunque lo parezca), diálogo? que nos endulzan el cerebro hasta dejarlo escarchado con el azucarado envoltorio de un puritanismo laico del que ya estamos un poco hartitos. (Después de dejar todo este maravilloso mundo de colores bajo la responsabilidad ajena, exigiendo resolver la situación con la única arma de la camaradería, y tras el éxito obtenido, toca resolver el desaguisado a golpe de prohibición por ley o decreto).
Otra manera de optar a esa buena vida sin caer en la babosería denigrante es hacer la maleta con treinta y seis millones de euros ajenos hacia algún paraíso tropical y volver al cabo de diez años. Pero para eso hay que ser bastante más espabilado y trabajar en un banco.