JAVIER MORÁN
Menudean las visitas de autoridades municipales a los mosaicos del artista Bernardo Sanjurjo en el entorno del Humedal, en la Acerona y al comienzo de la avenida de Portugal. Acaban de ser renovados mediante un nuevo azulejado que reluce más que el sol y por ello provoca cierta aprensión antes de ser pisado, por si resultara deslizante. No obstante, la municipalidad asegura que dicho riesgo ha sido combatido mediante una imprimación de titanio, que suena al algo así como cuando a Frank Sinatra le pusieron un tabique nasal de platino, vayan ustedes a saber por qué o para qué.
Total, que el concejal de Obras, Tino Venturo, ha estado encima de las obras y garantiza la adherencia de las suelas al titanio. Pedro Sanjurjo, edil de Urbanismo, también les acaba de echar un ojo, sonriente, como suele.
No obstante, ya decimos que tanta visita mosquea un poco, como si los concejales acudieran a los mosaicos con algo de temor, implorando al dios del miedo, Fobos, para que no inspire pánico en los viandantes.
Téngase en cuenta que estamos en un ciudad muy resbalona. No exactamente resbaladiza, sino con propensión de sus pobladores a resbalar. Ahí esta el caso ya pasado de la madera de tatayuba se fue colocada en los pasillos del parque de la plaza de Europa, y que fue retirada a causa de numerosos descalabros. Aquello era un misterio, porque el puerto viejo de Barcelona está cubierto de tatayuba y ahí sigue. Pero en Gijón causó sucesivos estropicios, hasta el punto de que un familiar del entonces edil de Medio Ambiente se derrumbó sobre las maderas y le pasó algo en un dedo. Claro, cuando la cosa pública y sus percances se le metieron en casa al concejal, ya no hubo apelación posible. Fuera con la tatayuba.
Ahora, esperamos acontecimientos con los mosaicos de la Acerona: bien sea acerca de la resistencia adherente del titanio o bien sobre el fatal destino resbalón de la villa.