LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
Doña Belén Fernández, que tan profundo conocimiento tiene, por sus responsabilidades políticas, en los asuntos medioambientales de Asturias, nos deleitó el pasado domingo en este periódico con una artículo acerca de la mengua de salmones en los ríos asturianos, que no se caracterizó ni por su nitidez, ni tampoco mostró una admirable capacidad de síntesis. Pocos días después, LA NUEVA ESPAÑA daba noticia de los criterios defendidos por el investigador Francisco Javier Lobón Cerviá, que lanzaba una especie de SOS, al tiempo que se mostraba escéptico con las medidas que podían tomar los políticos. Y, para completar tan poco alentador panorama, llega la información del encuentro de centenares de truchas muertas en las proximidades del desagüe de la depuradora de Corias.
A estas alturas, uno se pregunta si sirve de algo alertar sobre lo que está ocurriendo en los ríos asturianos. A pesar de todo, no puedo ni quiero resignarme a creer que el espectáculo de ver truchas cebándose, o salmones bajo las aguas del puente de Lanio, a punto está de convertirse en un recuerdo que sólo puede servir para alimentar la nostalgia. A pesar de todo, no puedo ni quiero resignarme a aceptar que, desde las administraciones públicas, más allá de los gestos destinados a la galería, no existe por parte de nadie una firme voluntad de afrontar el problema buscando las respuestas adecuadas.
Sin duda, son muchos los problemas. Sin duda, no hay soluciones milagrosas. ¿Pero de verdad podemos creernos que se están tomando las medidas medioambientales apropiadas, que nunca serían suficientes, pero que apremia ponerlas en práctica?
Debo confesar que al leer el artículo de doña Belén Fernández, sentí cierto bochorno. A esta señora le consta que son muchos los pueblos ribereños, en el Narcea sin ir más lejos, que aún no tienen saneamiento, lo que no le impide implorar el compromiso y la responsabilidad de los pescadores que, perdón por la perogrullada, son los más interesados en que haya salmones. A esta señora, en la legislatura anterior, le tocaron polémicas medioambientales importantes en estos parajes que a muchos nos pusieron los pelos como escarpias. Pero, claro, siempre resulta menos engorroso arbitrar medidas restrictivas con respecto a los pescadores que poner en su sitio a empresas multinacionales. Y, con todo, decide salir a la palestra que este periódico le brinda para decir vaguedades que están lejos de generar el sosiego deseado.
Sin duda, es más fácil decir topicazos que arbitrar medidas necesarias. No obstante, se refería doña Belén, entre otras cosas, a mejorar el hábitat. Muy bien, ¿podría detallar entonces si hay calendario para el saneamiento de los pueblos ribereños, si tal cosa es una prioridad? ¿Podría también explicar si se vigila que el caudal del río Narcea se regula en todo momento con los criterios medioambientales ad hoc?
De truchas y salmones. Añadamos a eso, a lo que también aludió el científico Francisco Javier Lobón Cerviá, la más que alarmante disminución de las anguilas, que, tal como afirma este investigador, «se están extinguiendo a una velocidad sorprendente».
A poco que seamos realistas y objetivos, no nos cabe esperar de los políticos que tengan capacidad para resolver la más que inquietante situación que atraviesan los ríos asturianos, pero hay algo a lo que están -velis nolis- obligados, y es velar, antes que nada, por el interés público, en este caso, por su salud medioambiental.
Dígame, doña Belén, ¿qué argumentos puede alegar usted para convencernos de que es razonable que el saneamiento en muchos pueblos ribereños del Narcea esté aún por hacer? ¿Económicos? ¿Acaso no hay sobrecostes en otras cosas? ¡Ay!
Dígame, doña Belén, ¿qué medidas específicas piensan tomar para mejorar el hábitat de los ríos? Como declaración de intenciones, está bien, pero la cosa merecería concreciones, ¿no cree?
El Narcea sin truchas ni salmones sería, parece serlo ya, como un pueblo deshabitado, como una especie de Comala donde es imposible encontrar el rastro de Pedro Páramo, más allá de lo fantasmagórico.
¿No le parece estremecedor, doña Belén?