LADISLAO DE ARRIBA
La vicepresidenta segunda, señora Salgado, ha pillado un buen «mosqueo» porque alguien pidió más austeridad en el gasto. A los políticos no parece preocuparles otra cosa que los emolumentos (que ellos llaman megasueldos) de los directivos de la empresa privada. Y en esas estamos: los directivos no se bajan los sueldos y los políticos no se bajan del coche oficial.
Ya sé que el tiempo es oro y la operatividad requiere ir «a toda pastilla» a ciertos asuntos y en muy concretas situaciones, pero generalmente el coche oficial sirve para viajes a ninguna parte (como el título de aquella obra de Fernán-Gómez). El español que iba a «currar» en bus, metro o tranvía, cuando alcanza el cargo público, siente una especie de orgasmo al ver a la puerta de su casa el coche oficial, con conductor y los periódicos de la mañana en el asiento de al lado.
El coche oficial suele ser mal visto por la ciudadanía. Representa la autoridad, es el icono del poder -es decir, «por fin he llegado»- y supone la forma de demostrárselo al vecindario.
No me refiero a los altos cargos, sino al personal de apoyo, a la tropilla de tercer nivel en el escalafón político. Algunos -bastantes- mandatarios de los países nórdicos han renunciado al coche oficial. Se puede ver a miembros de las casas reales escandinavas viajar en los transportes públicos. Y en ocasiones, en bicicleta. Ello no significa la caída del poder, ni mucho menos. Pero ¿quién convence a estos nuestros necios de que, con coche oficial, o sin él, no son nada? «Nada con sifón», como titulaba su columna el siempre recordado Alfonso Sánchez.